Si he de ser sincero la única esperanza que me queda de que esto tire para adelante la tengo puesta en la caída del número de espermatozoides que al parecer viene experimentando en los últimos tiempos el esperma humano. Porque si vamos a esperar al uso de la lógica para frenar el principal e incontestable problema que afronta el planeta estaremos apañados. Aquí se ha impuesto la medicina alternativa para todo, es decir, curar las enfermedades sin que para ello sea necesario someterse a los tratamientos dolorosos. Simplemente hay que seguir el dictado de los brujos y santas pascuas. Curar los cánceres con ungüentos y cosas por el estilo.
Bolardos en las aceras. Pues no, mire usted, si quiere acabar con el terrorismo y un montón más de problemas, incluido el calentamiento global, donde hay que poner bolardos es en las trompas de las mujeres para impedir el paso de los escasos espermatozoides que van quedando. Porque todos los males vienen de ahí, de que el contenido ya hace mucho que empezó a desbordar el continente. Y eso no hay tecnología que lo palíe. Porque a ver como hace la tecnología para absorber el metano que expulsan nueve mil millones de payos que ya van para diez mil. Esto huele que apesta por mucho que hayan subido las ventas de ambipur.
Siempre recordaré al gran Aliste que un día que me estaba extrayendo una muela enclavada en el fondo de la mandíbula paró para echar un cigarro y explicarme que todos los esfuerzos de la política por mejorar las cosas estaban abocados al fracaso mientras no se pusiese límite a la fecundidad de las mujeres. Y ya hace cuarenta años de eso, o sea, 2500 millones menos que ahora y ya parecía insoportable. Y en esas seguimos, fabricando miles de millones como quien fabrica churros porque eso es bueno para el consumo, la madre de todas las soluciones.
Pero bueno, nada de lo que preocuparse porque, como digo, parece que la naturaleza ya ha tomado cartas en el asunto. Dentro de poco habrá que ir a las tribus perdidas del Amazonas en busca de espermatozoides. Serán el oro del futuro. Lo verán nuestros nietos. O quizás los hijos
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