¡Qué barbaridad! Le iba a arrancar todos los dientes de marfil para hacerse un rosario. Y la gente lo cantaba, o lo escuchaba, embelesada. ¡Oye, que por amor no sólo todo es lícito sino también hermoso! Ese desenfreno posesivo del que todo enamorado vive enfermo. ¿O vivía? Me pregunto si con todo esto de las escuelas mixtas y demás promiscuidades intergéneros habrán cambiado algo todos esos sentimientos que tienen como trasfondo el impulso reproductivo de la especie. Quiero tener bien atada en corto a mi mujer para no tener dudas de que mis hijos son míos. Y quiero atar en corto a mi hombre para que a mis hijos no les falte alimento. Cuestiones puramente atávicas, o animalescas, que no sé en qué medida podrían ser modificadas por las insistencias educativas.
La posesión del otro, la llamada de la tribu, la lucha por la supremacía... todos esos atavismos que si uno está atento a la actualidad informativa sólo puede constatar que más que amainar arrecian. El ser vivo, salvo excepciones, busca por todos los medios afianzarse y, de ahí, el estar en permanente conflicto con todo lo que se mueve a su alrededor. A veces se organiza con sus semejantes para mejor defenderse, pero es sólo un espejismo porque tan pronto como el grupo empieza a sentirse seguro de inmediato comienza la lucha entre sus miembros por la jerarquía. Y es que, cuanto más mandas , más hombres o mujeres tienes haciendo cola a la puerta de tu dormitorio para lo que fuere menester.
Así que lo que a mí me tiene maravillado es que a pesar de todas esas evidencias que les cuento el mundo cada vez parezca funcionar mejor... aunque vayamos de cabeza a una hecatombe generalizada como sostiene la cofradía de los agoreros. Seguramente algo debe de tener que ver en ello esa constatación de una pérdida alarmante de células reproductivas en el esperma masculino. Por lo que sea, que teorías hay para todos los gustos, pero lo innegable es que la naturaleza, ese ente cuasi sobrenatural, se encarga modular por los procedimientos más varios para que reine cierta armonía hasta el último movimiento, una especie de apoteosis romántica con vistas al Valle de Josafat.
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