Ya les he dicho demasiadas veces que por más que indago no encuentro respuestas racionales a qué puede llevar a las personas a hacer un montón de cosas, desde el yihadismo a recoger caquitas de perro por las calles, pero eso no es nada comparado con cuando me pregunto por los motivos que puedan tener tantos, y de tan lejanos lugares a veces, para asistir a la tomatina. Por más que lo intento no encuentro mamarachada mayor, y mira que las vemos grandes.
Claro, se podría pensar que como lo veo desde mi perspectiva provecta es fácil que así lo considere, pero no, estoy convencido de que ni en mis peores años adolescentes hubiese cedido a semejante curiosidad. Y no es que yo sea como Penteo que pretendía tener a Dionisos bajo candado, pero pienso, creo que con razón, que en la forma de tributarle, precisamente a este dios, la honra que se le debe es donde mejor se aprecia el grado de civilización y la clase de las personas. Y reconozco que alguna vez la insana curiosidad me ha llevado a subir al Citerón a ver en qué consistía eso de las bacantes. Incluso, no lo oculto, alguna vez me atreví a sumarme a sus danzas desquiciadas y, lo confieso, todavía hoy es el día en el no he podido curarme de sentir vergüenza de mí cada vez que lo recuerdo.
En fin, ahora que tanto se habla del calentamiento global y demás previsiones apocalípticas sostenidas por las ciencias probabilisticas, no sé yo si para empezar a ahuyentar a tanto fantasma como nos acecha no sería bueno reconsiderar el culto que le estamos dando a Dionisos, a todas luces desaforado a mi juicio. ¡Con la de metano que eso produce!
No hay comentarios:
Publicar un comentario