miércoles, 2 de agosto de 2017

Mariconadas

Estaba yo esta mañana saboreando mi megapincho de tortilla con café con leche en la terraza de La Behetría de Becerril cuando ha llegado un grupo de turistas de tercera regional montando más pollo del necesario. Las mujeres, seis o así se han agenciado una mesa y mientra corrían las sillas con mucho estruendo han empezado a hacer su comanda a los hombres a gritos. Yo café descafeinado de máquina con leche fría, yo café corto con... entonces ha sonado una voz varonil que ha dicho: ya empezamos con las mariconadas.  Los tres hombres del grupo han entrado al bar y yo he sacado las Cartas a Lucilio y me he puesto a leer. Habrían pasado veinte minutos o media hora cuando he emprendido la retirada y, desde luego, nadie había sacado ningún café ni corto ni largo ni cafeinado ni descafeinado a las señoras. Me ha parecido de perlas que todavía queden por el mundo hombres con un par. Oye, si las tías quieren cortesía caballeresca lo menos que se las puede pedir es que se dejen de mariconadas. Porque es que ya esta bien de tener el gusto tan selectivo y refinado para todo lo superfluo y tan romo para lo que merece la pena. La esencia de la mala educación en definitiva. 

Total, que mientras pedaleaba de vuelta he rumiado lo que había estado leyendo y he llegado a la conclusión de que todo lo mucho o poco que sé se lo debo a la vejez, que es tanto como decir a la experiencia adquirida con los largos escarmientos. Duro de mollera a lo que se ve como se demuestra por la ausencia casi absoluta de las dos cualidades que hacen al hombre sabio: la constancia y la discreción. En fin. 

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