Yo no sé si es que a falta de pan buenas son tortas, pero a mí lo que más tiempo me ha llevado en esta vida y posiblemente con lo que más me he entretenido ha sido el intento de comprender algo de lo que está pasando a mi alrededor. Así, lo que en un principio pareciera un mecanismo de afianzamiento y seguridad ha acabado por ser el mismo divertimento que el de armar un puzzle imposible en el que de vez en cuando consigues la satisfacción de ver un mínimo retazo confirmado. En resumidas cuentas, es como si te hubieses convertido en uno de esos yonkis que van por la calle escudriñándolo todo para que no se le pase la menor oportunidad de inyectarse otra dosis de retazo. Lees, escuchas, miras, siempre con el objetivo definido de encajar cuantas más piezas mejor. Y a veces crees que has conseguido algo y a los cuatro días la realidad te desmiente. De ahí que sea tan necesaria la prudencia y discreción para no sufrir la humillación del desmentimiento... por más que uno ya tenga callo de tanto reiterarse en la equivocación.
Y así se va la vida divinamente sin mayores angustias porque siempre tienes un retazo sólido al que agarrarte y, si te empieza a fallar, saltas de inmediato a otro y a otro y otro hasta que la parca se te lleva. En definitiva, todo ha sido una sucesión de descubrimientos que tras el entusiasmo inicial en la mayoría de los casos apenas dejaron poso cuando no vergüenza. Porque mira que se hacen tonterías por tal de satisfacer los objetivos de un inconsciente lejano y escurridizo. Y es que uno no para de reconocerse en todas las gilipolleces que ve hacer a la gente que pulula alrededor. Y, también, por qué no aceptarlo, en algunas pocas de las cosas que admiras. Pero no quiero engañarme, el balance es demoledor y sólo me consuela pensar que en medio de la debacle todavía soy capaz de tirar adelante sin excesivas pastillas... por comparación a las que veo consumir a mis vecinos, quiero decir.
Ya ven, al final uno, por mucho que se haya flagelado por el camino, acaba creyéndose mejor que la mayoría. Y es que seguramente la biología no permite que sea de otra manera. Así que no queda más remedio que resignarse a vivir con esa carga de orgullo, eso sí, haciendo todo lo posible para disimularla no vaya a ser que se manifieste en forma de soberbia y te salga la torta un pan.
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