Una de las cosas a mi juicio más sintomáticas del actual, y quizá del eterno, humor del mundo es lo que le ha pasado el otro día a un muchacho de esos que cualesquiera padres se darían con un canto en los dientes por tener un hijo semejante. A los veintiséis años ya tiene el angelito el suficiente empaque como para que la mayor, o más importante, empresa del mundo le envíe a China en comisión de servicios. Un viaje de doce horas que, para no aburrirse, el chaval emplea en redactar un informe minuciosamente documentado con opiniones de autoridad sobre el controvertido asunto de la discriminación positiva de las mujeres en su empresa. Resultado: posibles verdades que cuesta aceptar y despido fulminante. Nada, en cualquier caso, de ponerse a debatir sobre verdades de fundamento ideológico, o sea, dogmas... no vaya a ser que se nos vaya todo el chollo al carajo.
En definitiva el mundo se sacude un poco la caspa cuando la necesidad aprieta y en el mismo momento que deja de apretar vuelve a lo de la Iglesia con Galileo: la evidencia está muy bien siempre y cuando no ponga en peligro nuestro tinglado. Quizá, pienso, en el estado actual del desarrollo humano las cosas no podrían funcionar de otra manera. Una cuestión de nivel intelectual. Muy bajo, por no decir ínfimo, en la inmensa mayoría. Y por eso es que una vez montada una superestructura ideológica no importa de que tipo sea ya sólo le falta el cómodo ingrediente de la fe para convertirse en religión con sus indispensables guardianes de la ortodoxia. Y a vivir que son dos días.
La herejía cometida por el chaval de marras iba contra determinados preceptos del sacrosanto feminismo. Parece ser que la ciencia corrobora sus tesis, lo mismo que en el caso de Galileo, pero eso pelillos a la mar frente a la estabilidad que proporcionan al sistema global las creencias voluntaristas. Si el ser humano se lo propone, vienen a decir, doblega la biología. En no sé que sitio, he leído, ha sido propuesto por los munícipes multar a los hombres que miren el culo a las mujeres. De lo contrario no se ha dicho nada porque no está en los evangelios. Y, así, adorando estos fetiches, la sociedad vive en un aparente estado de beatitud que en nada se diferencia a aquel de nuestras abuelas cuando bordaban pañitos para el altar.
Así son las cosas y pasarán más de mil años, muchos más, antes de que el común de los mortales deje de consultar el catecismo ideológico correspondiente antes de contestar a cualquier pregunta que se le haga. Considerar los asuntos en toda la amplitud de sus derivaciones es la tarea de quien no teme las hogueras. O sea, de muy pocos. Y como diría Borges: ¡Y qué le vamos a hacer!
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