domingo, 27 de agosto de 2017

Resistencias

En esta vejez cascarrabias que vengo arrastrando sin la menor pena y con mucho menos aún de gloria, una de las cosas que más gracia me hace es la tendencia que tiene la memoria a adobar con épica las resistencias de la adolescencia. Porque, desde luego, el recuerdo, así, a pelo, de aquellos años sombríos seguramente habría pocas mentes con la suficiente lucidez como para poderlo sobrellevar sin que afectase al normal funcionamiento de la inteligencia. ¡Tío, menudo mierda que eras y todas las tonterías que eras capaz de hacer con la sola pretensión, siempre fallida, de jalarte una rosca! 

Me acordaba de estas cosas viendo anoche una película sobre la resistencia de unos muchachos románticos a la dictadura que por aquel entonces había en Portugal. Esa necesidad que tenían de creerse que con su actitud estaban acelerando el curso de la Historia. Al final, como en todas estas historietas, las bragas caídas eran las que se llevaban el gato al agua. "Night Train to Lisbon" es una película con unos actores increíbles para un guión que bien pudiera haber escrito un Saramago cualquiera. Que es lo que tienen estas circunstancias adversas, que los magníficos actores sin darse cuenta, y por aquello de intentar salvar situaciones ridículas, suelen caer en la sobreactuación. 

La edad te enseña que las frutas caen cuando están maduras. Pasó en Portugal y lo mismo en España y unos pocos años después en todos los países del este de Europa. Y los que maduran la fruta no son los adolescentes rebeldes sino el buen gobierno de las cosas de comer. Luego, ya, con la fruta caída viene lo del ensanchamiento de las conciencias, un trabajo mucho más penoso y arduo de lo que casi todo el mundo cree. Es lo que tiene disponer de tiempo para contemplarse en los diversos espejos que el cotidiano devenir te planta delante: un verdadero tormento a nada que sigas adolesciendo. 

Al respecto, en la película de anoche, el protagonista, interpretado por Jeremy Irons, cuenta la anécdota de la causa última de su divorcio. Fue en un party en su casa de Suiza cuando alguien recordó la frase de Pessoa que dice que los campos son mucho más verdes y brillantes cuando los describe la poesía que cuando se ven en la realidad. Entonces, el protagonista, profesor él, dijo: sí, pero esa frase no la entiende casi nadie. Su mujer no pudo soportarlo. Y tú, claro, lo entiendes, le dijo. Sí, por supuesto. Y a eso se agarró la mujer, que seguro ya tenía echado el ojo a otro, para divorciarse. Vanidoso, orgulloso, soberbio y, en definitiva, ridículo. ¡Pues anda que no! Pero eso no quita para que su marido tuviese toda la razón: casi nadie entiende que la poesía está al servicio del comercio, sobre todo, en el tema de los campos verdes, del turístico... pero ese es otro tema. 

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