viernes, 18 de agosto de 2017

Los turcos

Que Barcelona sea una de las cumbres del turismo mundial más que de Barcelona habla del turismo en sí. Porque ¿qué tiene Barcelona para ser un lugar tan atractivo para el turismo? La verdad es que después de haber vivido allí casi veinte años no lo encontré por ningún lado. La Sagrada Familia es una postal muy adecuada para ser anuncio de un Whisky japonés -que así fue como comenzó todo-. Las Ramblas, un paseo de ciudad de provincias que pierde todo su interés cuando deja de ser punto de encuentro para los locales. Las playas, sí, pero en cualquier sitio las hay mil veces mejores y además naturales y sin los colectores de una aglomeración de cinco millones de personas al lado. Lo único medianamente interesante es la oferta gastronómica multiétnica que es el pez que se muerde la cola, porque nació al calor del propio turismo. Y ya, como recochineo de la manipulación del interés, el Parqué Güel, un lugar anodino y hortera magnificado por la fotografía. La prueba es que estuvo allí cien años sin que a nadie le hiciera puñetera gracia. Bueno, igual que todo lo de Gaudí que hasta que empezó el bombardeo no pasaba de curiosidad de tres al cuarto. No, miren ustedes, Barcelona era un sitio interesante para vivir por que tiene un clima muy benigno en invierno y por que al ser una gran aglomeración urbana se encontraban allí todo tipo de oportunidades para aprender, trabajar y divertirse. Pero no más que en cualquier otra de similares proporciones. 

Y esa es la cuestión, que es muy fácil encandilar a las masas moralmente depauperadas. Con fotos e historias se las trae y se les lleva como a los rebaños de ovejas. Es sencillamente deprimente, pero no más que todas las otras formas de consumo inútil que hacen que la nave vaya desbocada hacia no se sabe donde. Bueno, hay quien dice saberlo y no es precisamente al paraíso. 

Y así estábamos, en que si son muchos para unos, que cuantos más mejor para otros, que si som i serem, que si leches en vinagre, y llegaron otra vez los turcos y se encontraron francas las puertas de Constantinopla. Es lo que tiene el acostumbrarse a vivir sin tener que exprimirse el coco que te aficionas a discutir sobre el sexo de los ángeles y te olvidas de lo que importa.

En fin, las cosas son como son y lo único a lo que uno aspira es a que no le obliguen a subirse al carro.  

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