Cuando el príncipe heredero tenía su primera polución nocturna su ayudante de cámara corría a contarle al rey que el príncipe había hecho en la cama un mapa de Francia. Entonces el rey indefectiblemente contestaba: pues habrá que buscarle una esposa. No tengo ni idea de si con semejante drástica medida se cortarían las tremendas convulsiones mentales de la adolescencia. Tomar conciencia de la hostilidad del mundo o, simplemente, de la necesidad de competir para poder ser alguien es algo que por definición se hace con dolor. Y supongo que ser príncipe heredero y disponer de palacio propio y princesas en la cama no alivia el tránsito sino que acaso lo agrava.
La adolescencia se llama precisamente así porque se adolece de casi todo, empezando, claro está, por la seguridad en si mismo que hasta entonces te había procurado la cáscara del huevo familiar. Rota la cáscara, expulsado a la intemperie, ves a tus padres desde una cierta distancia desde la que es inevitable que pierdan esplendor. Ya no les puedes querer como les querías. Y, encima, si son un poco capullos, como suele pasar con gran frecuencia, la hipercrítica surge con naturalidad. Digamos que te lo ponen a güevo. Te dan comida, te dan casa, te pagan estudios, te visten, te compran gadgets y, sin embargo, te sigue pareciendo que no te merecen. No son dignos de tu pureza y te mueres por darles una lección. Es la rebeldía sin causa de aquella fantástica película protagonizada por James Dean.
Una edad terrible, desde luego, que se vive y se sobrevive en gran medida en función de la inteligencia de los adultos que te rodean, los pobres, transidos por la sensación de que el tiempo se ha estancando, más o menos como en la idea que nos hemos fabricado del infierno. Así que, conscientes de la ordalía a la que a la larga te expones no es raro que cada vez más gente en las sociedades cultivadas pase de tener hijos. Y es posible que se equivoquen, desde luego, porque consideradas las cosas con un cierto egoísmo no se puede negar que los hijos, si no otra cosa, son una magnífica herramienta para avanzar en el desarrollo de aquella socrática consigna que constituye la esencia del ser, conocerse a si mismo. Por así decirlo, los hijos son un magnífico espejo en el que te ves como has sido y, por tanto, como eres de capullo.
En fin, quería escribir algo sobre lo que está pasando en Cataluña y ya ven en qué he venido a dar.
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