Ayer, a media mañana, con los sentimientos encontrados, agarré el coche y fui hasta el Mercadona que hay justo por donde se sale de la ciudad hacia Valladolid. Está a unos veinte minutos de casa andando así que en coche ni cinco. El aparcamiento estaba terciado y a la puerta había una generosa cola de gente con su carrito vacío. Aparqué y me dirigí a por un carrito y luego hacia la cola. Había allí un tipo de unos ochenta, muy bien conservado, que estaba subiéndose los pantalones que por lo que sea se le habían caído. Ese puesto es mío, me dijo cuando me vio colocarme detrás del último. Sin problema, le dije, y me retiré unos pasos más allá. Eso bastó para que el tipo cogiese confianza y marcha. De entrada dijo que había sobrevivido a tres guerras y que ésta no le iba a matar. Había estado entre otras en la Marcha Verde. Pensé en aquel puticlub de tal nombre que había subiendo a Jesús del Monte. Después se despachó a gusto a base de negras premoniciones. Que si íbamos a pasar hambre, que iba a haber corralito. Ya nadie le hacía caso. Hasta que le tocó turno para entrar al supermercado y organizó una trifulca con los guardias de seguridad por la cosa de la obligación de ponerse guantes. Nos tuvo más de diez minutos expectantes para ver en qué acababa aquello. Al final entró y a continuación yo. Luego, cuando ya casi tenía la compra hecha, le vi frente al estante de las galletas discutiendo con un grupo de empleados y guardias de seguridad. Les decía que él era una autoridad. Llevaba un carro de los grandes abarrotado de cajas de galletas. Al verme a lo lejos, me gritó que comprase todo lo que pudiese porque se iban a acabar los alimentos e íbamos a pasar mucha hambre. Un cliente que pasaba por allí me dijo que el tipo había sido sargento en la legión. En fin, que éste es el tipo de cosas que no ves si estás en casa confinado.
De vuelta a casa, en los escasos cinco minutos de conducción, sentí un a modo de intenso deseo de seguir hacia delante y no parar hasta llegar a la cordillera para pasear por la Ruta del Oso o cosa por estilo. Entonces recordé eso tan vulgar de que uno no sabe apreciar lo que tiene hasta que le falta. Esto es increíble: sin comerlo ni beberlo hemos venido a dar en un estado policial que ríete tú de las peores tiranías. Si me hubiese dejado llevar por el deseo no hubiera llegado ni a Monzón. Antes me habrían dado el alto media docena de controles policiales. Claro que tampoco me extraña porque después de haber visto algunas sentencias de los jueces, como la del caso Arandina, ya se podía inferir la llegada de malos tiempos. O sea, que el poder en curso está acojonado y echa mano de todos sus recursos para tener a la población sojuzgada.
Hojeen, u ojeen, que no sé, los libros de historia y verán que no hay nada nuevo bajo el cielo. Siempre que llegaron este tipo de epidemias se ensañaron con las sociedades que atravesaban un periodo de caos social. La peste negra que describe el Decamerón, por ejemplo, en plena hecatombe financiera, de carestía y hambruna. O la gripe del 18 del siglo pasado, cuando la primera guerra mundial que nadie dice saber a causa de qué se desencadenó, pero que muchos piensan debida al no saber qué hacer los gobernantes con las ingentes masas de población que el progreso tecnológico había dejado sin trabajo. Y ahora, pues ya me dirán, con este, envejecimiento no, lo siguiente, de la población, por no hablar de las masas de paseaperros carcomidos por la ansiedad y demás patologías del espíritu propiciadas por lo que las ciencias sociales llaman anomia y el pueblo llano desbarajuste. Sí, el coronavirus lo tiene chupado para darse un paseo militar.
Así que me imagino que, cuando pase esto, que pasará como todo pasa, al hacer recuento vendrán las gráficas a mostrar a los supervivientes el cómo se desempeñó el coronavirus en función de la deuda sobre el PIB de los diferentes países. Y otros cuantos parámetros más. Y entonces los supervivientes podrán, si tienen algo de cordura, valorar las consecuencias de tanta fiesta sin justificación... lo nuestro, en definitiva.
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