lunes, 13 de abril de 2020

Este cáliz

Mi impresión es que de ésta hasta la chusma se cansa. Lo digo por lo de los aplausos de las ocho de la tarde, la hora, por cierto, de salir a tomar potes. Ayer, excepción hecha de la insufrible estulticia treintañera, había cuatro gatos. Quizá, pienso, han caído en la cuenta de que no hay nada que celebrar. Me pregunto de quién habrá sido la genial idea de poner a los corderitos a balar. Ya te digo, homenaje a los que están en primera linea de fuego. Y así, con esta estratagema se suple el suministro de los debidos equipamientos. Son los típicos trucos del almendruco que siempre utilizó el poder en las situaciones difíciles para eximirse de responsabilidades. ¡Pero si el pueblo aplaude! 

Sí, si he de juzgar en función de lo que voy experimentando a medida que pasan los días, juraría que el desistimiento generalizado está ganando la partida. La ordalía ya va durando demasiado y la luz al final del túnel ni se la ve ni se la espera, como se suele decir. Uno pretende, en la medida de lo posible, aislarse de toda noticia sobre el sujeto en cuestión, pero llueven a chaparrones y es inevitable que te salpiquen: ayer me atizó de plein fouet, cuando más descuidado estaba, que los viejos perdamos toda esperanza de salir a pasear hasta por lo menos fin de año... por decir algo. Bueno, también me llegaron rumores de que Bill Gates está financiando siete laboratorios que trabajan a destajo para encontrar la dichosa vacuna... y la llamita de la esperanza revivió siquiera por un instante. Porque es que, más allá de la vacuna, los viejos, como en la puerta del infierno de La Divina Comedia: 

¡perded cuantos entráis toda esperanza!
Estas palabras, en color oscuro,
sobre el dintel vi escritas de una puerta.
"Maestro", dije, "su sentido es duro".
Y él a mí, cual persona bien despierta:
"Conviene aquí dejar el miedo abyecto
y a toda cobardía dar por muerta.
Llegamos al lugar donde al efecto
ya te anuncié a las gentes dolorosas
que perdieron el bien del intelecto".   

En fin, en esas estoy, procurando que el miedo abyecto y la cobardía no me destrocen el poco intelecto que me pudiera quedar operativo. Así que, como dicen en México: ¡checa, manito!


Cortesía del Prf. Salvatore Vargas.


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