Miro por la ventana y veo, aparte de los vecinos sacudiendo alfombras y mopas y cepillos por las ventanas y balcones, a gente que lleva a cagar a "uno más de la familia" debajo del abeto que hay frente a la iglesia. ¡Dios, lo que yo daría por poder ser ahora uno más de la familia! Con este día radiante que nos ha regalado la madre naturaleza o quien quiera que fuese. Bueno, esperemos tener más suerte en la próxima reencarnación.
El caso es que cuando uno anda al borde de la desesperación hace lo que sea para olvidarse de lo a mano que están las ventanas... un séptimo, imagínense, no puede fallar. Así es que he visto que Iñigo Onfray daba una conferencia en el Centro Riojano de Madrid sobre vacas, cerdos y animalistas, y allí que me he ido sin pensármelo dos veces. Ha empezando Iñigo haciendo unos carraspeos para aclararse la voz y después ha asegurado que no se trataba del coronavirus. Risitas y toses en la sala. Luego, apoyándose en la metodología del materialismo filosófico de Gustavo Bueno ha ido desgranando las diferentes opiniones al respecto de la condición animal que han ido teniendo los, por así decirlo, padres de la filosofía. Aristóteles, Santo Tomás, Pereira, Descartes, Espinosa, Voltaire, etc, hasta llegar a prácticamente nuestros días en los que una caterva de biologos, etólogos, psicologos, conductistas, es decir, todas esas carreras que de un tiempo a esta parte estudian los hijos de papá a los que no se les dan bien las matemáticas... bueno, esto lo digo yo, no Iñigo... así es que a todos estos parece que les ha dado por considerar que los animales, es decir, los animales que a ellos les gustan, son como las personas humanas, por emplear el sintagma tan del gusto de los gitanos. ¡Somos personas humanas!, suelen gritar cuando se sienten ofendidos en su dignidad.
En fin, a mi todo esto me la trae al pairo, o sea, que me da exactamente igual. Lo tengo dicho por activa y por pasiva, que a mí los animales fuera del plato no me interesan en absoluto. Es más, cuanto más lejos les tenga, mejor. Y sé a ciencia cierta que todo este desvarío animalista pasará, como pasa todo, tan pronto como la chusma encuentre otra religión un poco más atractiva, sin las cacas de uno más de la familia por medio, para sustituir a la que se nos ha venido abajo después de dos milenios de hegemonía total.
Concluyendo, que no me parece de recibo, que diría un sindicalista vertical, y también horizontal, que los que dispongan de uno más de la familia puedan salir todo lo que quieran y a los demás ajo y agua. Esta factura habrá que pasársela algún día a alguien. Porque ya está bien de tratar como iguales a los imbéciles. Sin poder discriminar una sociedad está condenada a deshacerse. ¡Viva la discriminación!
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