jueves, 2 de abril de 2020

San Crece en Vallehondo

Me envían un vídeo de título "Ahí está la verdad: confesiones de un criminal". Podría haberse titulado "la banalidad del mal", pero eso está muy gastado desde que lo usara Hannah Arend para filosofar sobre la mentalidad nazi. Bien, pues el vídeo va de una entrevista que le hacen a un tal Jairo Velázquez, alias Popeye, uno de los sicarios más sobresalientes de Pablo Escobar. Decimos sicario cuando en realidad debiéramos decir perro. Y es que la lealtad de Popeye a Escobar ha traspasado la frontera de la razón y se ha convertido en sumisión. Nada hay que pensar sobre las órdenes recibidas salvo la obligación de cumplirlas sea cual sea su precio... en vidas. Es impresionante el desprendimiento de todo condicionamiento moral. Es, en definitiva, el acceso pleno a la condición animal. Y el caso es que Jairo es un tío educado e inteligente, pero, según confiesa, lo que más le pone en la vida es ver sangre y eso precisamente era lo que Pablo Escobar le proporcionaba a calderadas. Se achaca sin aparentes remordimientos 450 asesinatos. Era una guerra y yo soy un guerrero, se justifica.  Después, 23 años de cárcel y aquí no ha pasado nada. Y a vivir en Medellín, la ciudad de la eterna primavera, de contar a los periodistas pormenorizadamente las propias atrocidades de antaño. Y también algunas ajenas, como las del propio García Márquez haciendo de correo entre Escobar y los hermanos Castro. ¡Enternecedor! En fin, que nadie cuando sale por ahí por la noche a snifar unas rallitas se acuerda para nada de todas estas cosas que hay detrás de tan inocente deseo satisfecho. 

El caso es que, como les he contado ya, para ponerme a tono con las circunstancias en curso, ando leyendo El Decamerón de Boccaccio. Ayer le tocaba contar un cuento a Pánfilo. El rey de Babilonia tiene una hija de una belleza epoustuflante. Como el rey del Algarbe le había ayudado a derrotar a unos vecinos molestos, en compensación le envía a esa hija epoustuflante para que se case con ella. Por el camino, la nave naufraga en las costas de Mallorca. La ve un tipo llamado Pericón y ya no se la puede quitar de la cabeza hasta que la consigue. Cuando estaba tan feliz, viene el hermano de Pericón, le mata y se lleva a la epoustuflante a Cerdeña. Ella, que ya se había acostumbrado a Pericón está desconsolada, pero al ver al hermano con san crece en la mano ya empieza a consolarse. A partir de ahí ya no le dura ni cuatro días a nadie, sea conde, rey, comerciante rico o lo que sea. Todo el que la ve queda hechizado y matar a su, digamos, propietario para conseguirla es casi una cuestión de supervivencia. Al final, después de haber pasado por ocho o diez que pagaron caro su capricho, estando en Chipre, ve a un viejo que había sido criado de su padre. Le cuenta sus desdichas y el viejo la devuelve a su padre. Al Padre le cuentan que el barco se estrelló y ella ha estado todos esos años recluida en el monasterio de San Crece en Vallehondo. Entonces el padre retomando la idea inicial, arma un barco y se la manda al rey del Algarbe. Llega allí, se casa y, por supuesto, le hace feliz. Así acaba el cuento: "Por eso se dice: Boca besada no pierde ventura, es más, se renueva como hace la luna."

En definitiva, que siempre se ha matado con la misma absoluta ausencia de condicionamientos morales. Los unos por el dinero, los otros por el poder, los de más allá por la pureza de la raza, y, claro, los más excusables por la atracción fatal de San Crece en Vallehondo. 

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