domingo, 26 de abril de 2020

La alma cibdad

"Entrada la señora Lozana en la alma cibdad -Roma- y, proveída de súbito consejo, pensó: Yo sé mucho; si agora no me ayudo en que sepan todos mi saber, será ninguno." 

Aquí la Lozana nos da una lección de lógica aplastante. Si los demás no saben lo que sabes es como si no supieses nada. Y más cuando ese saber no viene de los libros sino de la vida. La Lozana ha pasado un número indeterminado de años acompañando en funciones de amante al hijo de un rico comerciante de Cádiz que recorre el Mediterráneo expandiendo los negocios de su padre. Han tenido hijos que han mandado al abuelo y, ya cansados de vagar, deciden intentar ir a vivir a Cádiz con sus hijos. Primero irá él y la Lozana le esperará en Marsella. Pero el rico comerciante no está por la labor. De entrada trinca a su hijo y lo mete en prisión y luego se va a Marsella pilla a la Lozana y se la entrega a un marinero al que da una fuerte suma de dinero para que la adentre en el mar y la arroje allí. Pues bien, al marinero le da pena y la deja en una isla. Allí la recogen otros y la llevan a la costa italiana. Y de allí, se va a Roma. Bueno, así eran las cosas por aquel entonces. Un rico comerciante se deshacía como si tal cosa de quien le molestaba y punto. Y, por otra parte, la Lozana, con toda su hermosura y saber, tenía una estrella en el entrecejo que la inhabilitaba para llevar anteojos. Les explico. 

Recién comenzaba yo la carrera de medicina cuando apareció en la casa de mis padres un libro en el que se relataba de forma muy amena como fueron los avances de la cirugía en el siglo XIX. Por supuesto que el descubrimiento de la asepsia fue fundamental. Ella fue la que permitió realizar con éxito las laparatomías que hasta entonces habían sido mortales de necesidad. Pero a lo que quiero ir, en relación con la estrella de la Lozana, es a las primeras operaciones de cirugía plástica que se hicieron para reparar los estragos que producían en la cara las lesiones sifilíticas. Era normal que esas lesiones se llevasen la nariz por delante, cosa que las mujeres sobrellevaban aostumbrándose a ir veladas como ahora van las moras. Por eso siempre que veo a una mora velada me pregunto si tendrá sífilis. Pues bien, los cirujanos dieron con un remedio para ese mal. Un trasplante en la nariz de la piel de la parte interior del brazo. Se sacaba un colgajo de piel que  se pegaba a lo que quedaba de nariz y para que no muriese el colgajo dejaban una especie de ismo por donde se irrigaba lo que obligaba al o la paciente a estar durante meses con la parte interior del brazo pegada a la nariz. Y funcionaba, aunque solo fuese en parte, pero bueno, por algo se empieza. 

En resumidas cuentas, que la Lozana iba por ahí con su "estrella" como si tal cosa. Claro que era una época en la que, según cuentan las crónicas, la sífilis campeaba por doquier. Como en aquel chiste que contaba Voltaire y que luego acomodaron a Jaimito, una puta se lo pegaba a Jaimito, Jaimito se lo pegaba a la criada, la criada a papá, papá a mamá y mamá al profesor de matemáticas que es al que quiero joder yo. 

Bueno, les seguiré contando de la Lozana porque es que es increíble lo divertidos que eran aquellos tiempos por comparación a estos que nos ha tocado vivir. ¡Ya te digo, confinamientos iban a hacer por un miasma de mierda!  

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