sábado, 5 de agosto de 2017

Su San Martín.

Si hay un refrán que no falla en sus previsiones ese es sin duda el que afirma que a todo cerdo le llega su San Martín. Y es que al engorde o le pones un límite o generas morbidez. Así de sencillo. Y no me digan que lo dicho hasta aquí no es la metáfora perfecta de lo que está pasando con el turismo y tantas otras cosas en las que se fundamenta esta paradójica vida moderna en la que cuanto más te integras más muerto viviente devienes. Ya saben, cosa del Gran Corruptor que nunca descansa. 

Pues sí, parece que al turismo le está llegando su San Martín y yo que me regocijo. Desde muy jovencito me di cuenta de que ese asunto no iba conmigo. Lo primero porque me aburría de muerte cuando iba por ahí a matarla. Lo segundo porque los amigos en los que más me gustaba mirarme pasaban olímpicamente de él. Y lo tercero y principal porque mi particular idiosincrasia me lleva a sospechar malévolamente de todo aquello que se convierte en incuestionable para las masas. Y no digo ya cuando mis más admirados maestros empezaron a proveerme de argumentos incontestables al respecto. ¡Muchachos, por favor, no os convirtáis en mercancía que no es ese el mejor procedimiento para huir de uno mismo! Ya te digo, la Sagrada Familia o el Taj Mahal, que tanto monta, monta tanto. Por no hablar de los Mares del Sur que o te marinas en repelentes o te comen los mosquitos. Y si buscas prestigio con tus desplazamientos, mejor que lo dejes, porque a estas alturas ni las chinches huyen tan rápido de la luz como la gente asentada del turista recién regresado. No hay por donde cogerlo, la verdad, pringa por todas las partes y el personal empieza a gritar San Martín. 

En fin, este mundo complicado en el que el esfuerzo intelectual de los mejores deja un rastro de ocio generalizado que, no nos engañemos, no hay ecosolución que lo palíe. Convendría calcular a cuánto desastre medioambiental nos sale la hora de ocio. Nos íbamos a sorprender. Ese estado mental devastador del que uno trata de escapar por el único procedimiento al alcance de los desesperados: invadir espacio ajeno. ¡Eh, que aquí estoy yo, echadme una mano que me hundo! No hay solución racional posible. Lo único, esperar pacientemente el día de la matanza. El de San Martín.

2 comentarios:

  1. Pues pienso como tú,querido Pedro.Por algún sitio he leído que un crucero de estos de moda ,atiborrado hasta las vergas de turistas ,produce más basura que 4 millones de coches en la autopista durante 2 o 3 días.Observo a mis colegas teutones ,cuando vuelven de hacer alguna de estas rutas,fondones y coloraos coo cangrejos de río

    ResponderEliminar
  2. Como decía Ángel, uno de los proscritos de Alar:así es

    ResponderEliminar