El problema que tienen las sociedades estas que llaman del bienestar es que uno llega a edades muy provectas sin haberse jugado la vida una sola vez. Y así, convénzanse de una vez, no se aprende nada de nada. Es decir, en éstas sociedades vivimos en un estado de infantilismo perpetuo: llamando a papá a la primera pupa que nos hacemos o nos hacen. Y no se crean que me voy a poner aquí en plan abuelo cebolleta contando como era aquella escuela a la que me mandaron a los cuatro años en la que el maestro se paseaba entre los pupitres llevando una vara de palma bajo el sobaco al más puro estilo Alec Guines en El Puente Sobre el Río Kwai. Sí, yo me crie cuando todavía el jarabe de palo era parte primordial de las terapias con las que se pretendía corregir las malas conductas. Sí, eso que ahora suena a la noche de los tiempos. A la barbarie. ¡Por Dios, bendito, qué estupidez querer denigrar a la barbarie relegándola al campo de lo irracional! Como si no estuviese meridianamente demostrado que los mayores monstruos de la historia los ha generado, precisamente, la razón.
Sí, mis queridos niños, la razón nunca ceja de querer darnos pol saco. Ahora, sin ir más lejos, nos señorea un sistema político que, al unánime sentir de las consideradas por el vulgo como las más preclaras cabezas de la patria, es el mejor de todos los posibles y al que lo cuestione me lo cargo. La socialdemocracia, ¿qu´est que c´est la socialdemocracia? Sujétense los machos que se lo voy a decir: la hija que engendraron al copular el nazismo con el comunismo. O ya, si quieren ir más lejos, la miserable, o pírrica si les gusta lo cursi, victoria del cristianismo sobre el paganismo. O, sintetizando más, la imposición del rebaño sobre el individuo. En definitiva, la ablación de la libertad.
Sí, eso es, el rebaño que sale a los balcones a aplaudir a las ocho de la tarde. Y pasa por debajo la policía haciendo sonar las sirenas y, entonces, el aplauso es a rabiar. Es muy fácil de entender: fueron educados por maestros para los que la paz y la vida era el valor supremo. No a la guerra, no a pegar una patada al perro que ladra y no te deja dormir la siesta, no a echar miradas lascivas a las tías buenas; y venga a darle al deporte, a las tradiciones, a los espectáculos de masas, a la literatura para chachas tipo Harry Poter o Isabel Allende, y por la noche ración de netflix o similares. To er mundo es güeno si va a misa.
Así corre nuestro mundo blandengue. Compárenlo con Israel, sin ir más lejos. Allí han dicho a los viejos que por su bien se queden en casa. Y eso es todo. La vida sigue su curso normal. Y si un viejo no hace caso y la palma, no faltara quien se alegre que los viejos en ese país suelen ser ricos. Pero claro, los israelíes, para adquirir el status de adultos es imprescindible que pasen por una experiencia de guerra. De hecho, para ellos la guerra es lo habitual. Así, un coronavirus de mierda, pelillos a la mar. Por supuesto que no les va a impedir seguir fundando starups a la vez que mantienen a raya a los aspirantes a mártir que tienen por vecinos.
Así que, ¡sigan aplaudiendo! Con las orejas, por supuesto.
de lo mejorcito que he leído en mucho tiempo...gracias Pedro
ResponderEliminarGracias, Nacho. Sin duda me inspira el Fari.
ResponderEliminarPalabras mayores ,El Fari!!
ResponderEliminarHay que revindicar a una serie de genios de cuando mandaba el Innombrable. Menos mal que tenemos a Torrente para poner las cosas en su sitio.
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