Como les iba diciendo, hay un canal de televisión que insiste en enseñarnos a una especie de frikis que se dedican a la minería del oro. Normalmente desarrollan sus actividades en Alaska, pero también en otros sitios como Guayana. Utilizan maquinaria pesada y por allí por donde pasan lo dejan todo que ríete tú de los hunos. Los environamentalistas les tienen que adorar porque les ponen a huevo el material visual que ellos necesitan para fundamentar su matraca victimista. Pero, en fin, sea como sea, después de una campaña de seis meses en Alaska en la que remueven y lavan millones de toneladas de tierra, en el mejor de los casos, extraen 30 kilos de oro. Bueno, en la cosa del oro lo suyo es hablar de onzas. Una onza equivale a 28,35 gramos. Es decir, en un kilo entran 35,27 onzas. Así, si la onza está en la actualidad a 1700 dólares no tienen más que multiplicarlo por 35 para ver lo que vale un kilo y por 30 para ver lo gana una colla minera de esas que les digo en una campaña. 1.785.000 $. Teniendo en cuenta todos los que son, el material que movilizan y los peligros a los que se exponen, la verdad, no me parece que el invento merezca mucho la pena, salvo por el componente de aventura que sin duda conlleva... al menos, tal y como lo muestran esos documentales.
Todo el mundo sabe que el oro ha tenido un gran valor desde la noche de los tiempos. Supongo que debido a dos factores principalmente: que es muy escaso y que no se oxida. Por eso un buen día se decidió que era un material ideal para utilizarlo como intermediario en el trueque de bienes. Así nació el dinero. Y así continuó hasta hace cuatro días, a principios del XIX, cuando los ingleses decidieron sustituirlo por papel, pero papel con la garantía de que si tu pedías al banco que emitía el papel el oro que el papel señalaba que valía el banco te tenía que dar el oro. O sea, que el banco solo podía emitir papel en función del oro que tenía guardado en sus cajas fuertes. Y así siguió funcionando por todo el mundo hasta la Primera Guerra Mundial cuando muchos países con su economía ahogada decidieron devaluar sus monedas a base de emitir papel sin soporte del oro. Así comenzaron las inflaciones galopantes en muchos países. El caso es que así no había forma de evaluar el precio de las divisas lo que conllevaba la imposibilidad de comerciar entre países. Y por eso fue que en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, se hizo lo que conoce como tratado de Bretton Woods. A partir de entonces, el dólar se convirtió en el patrón para fijar el precio de las divisas, pero con una condición, que el gobierno de los EEUU se comprometía a emitir papel moneda solo en la medida en que estuviese respaldado por el oro que se guardaba en los sótanos de sus bancos. Y así continuó el negocio hasta 1970, cuando al gobierno de EEUU se le fue la mano fabricando billetes y su presidente de entonces, un tal Richard Nixon, se vio obligado a declarar la inconvertibilidad del oro. O sea, que tu ibas al banco a pedir el oro que en teoría te tenían que dar por tus billetes y el banco se llamaba Andana. A partir de ese momento, se organizó el despelote universal. Los bancos centrales no hacían otra cosa que dar a la manivela de hacer billetes y así fue que la gente empezó a necesitar un carromato para transportarlos cada vez que iba al mercado a comprar lo que fuese. Fueron los años de la inflación galopante.
Así todo, que nadie se llame a engaño, que los gobiernos hayan dado de lado al oro como valor de cambio no quiere decir que la gente del común no siga asignándole su valor primigenio, es decir su condición de dinero genuino e incorruptible. Y por eso es tan interesante seguir la evolución de su precio desde comienzos de los setenta que estaba a 30 $ la onza a los 1700 $ que ronda ahora. Ha subido, ha bajado y ha vuelto a subir. Oscilando siempre su valor, o precio, en una relación directamente proporcional con la cantidad de bastos que pintaban. Que pintan mal, sube, que pintan bien, baja. Y ahora está prácticamente en el tope, pero sin llegar a cuando lo de la burbuja inmobiliaria de hace ocho años. En cualquier caso, un termómetro de la estabilidad mundial que nunca ha fallado y que demuestra que el poder de los Estados no es tanto. Por encima de ellos está el poder de los que saben en dónde se puede acoger uno a sagrado cuando vienen a por ti.
En resumidas cuentas, que cada vez que se atraviesa un bache, por así decirlo, histórico, surgen voces airadas reclamando la vuelta de los Estados al patrón oro. Pero nunca cuaja y ¿saben por qué? Pues no se lo puedo asegurar, pero me imagino que será porque los Estados no pueden requisar el oro que la gente del común tiene guardado en el colchón o debajo de un ladrillo. En fin, no sé a cuento de qué se me ha ocurrido traerles esté asunto a colación.
pues sí,es curioso ,yo estuve a principio de los 90 en sudáfrica,una semana,cuando trabajaba de comercial para una empresa bastante potente de transporte.Y compré bastantes onzas de las llamadas kruger,que por aquellos tiempos estaban a 300 dólares más o menos.Hice el negovio de mi vida.Ahora tengo pensado vender alguna,estßan pagandolas a 1600 euros de momento,vamos a ver..es que son tan guapas...pero dos o tres seguro que vendo ,para quedar bién conmigo mismo.Por cierto ,en el hotel de Johannesburgo donde estaba,a las afueras,desayunandoen la terraza del hotel,sufrimos un ataque de unos monos coloraos que ya quisieran los buscadores de oro.Lo dejaron todo patas arriba y lso comensales ,muy lentamente,nos tuvimos que retirar al interior de hotel.temí que me arrancaran la cabeza.A pesar del buén vino,creo que ya no vuelvo en esta vida a esas tierras de negros muy negros(hay que ir a África para ver qué negra puede nacer una persona)de blancos muy blancos y de monos furiosos y mimados
ResponderEliminarcomo curiosidad ,creo que fueron si no me equivoco los partos,cuando la mili se hacía con lanzas,los que sacaron los primeros billetes,que en aquellos tiempos era una especie de tira de piel de cordero.Lo he leído en alguna parte
ResponderEliminarCuriosa anécdota la de los monos. También Santi me mandó hace años unas fotos en las que se veía a una banda de monos atacando su domicilio. Por lo demás nunca se sabe como evolucionara la economía, pero lo que es impepinable es que tener oro es un seguro frente a todo tipo de contingencias.
ResponderEliminarestos monos son la hostia.Recuerdas en la SAlamanca de principios de los 80 a Eugenio?era un buén tío,de familia bién.Era espástico y muy buena persona,y jugaba pasáblemente al ajedrez,a pesar de sus engarfiadas extremidades.Tenía un mono de estos que llaman titís,siempre en el hombro .ESte mono de las narices era más malo que la Quina,te tiraba de los pelos si te descuidabas y repartía collejas y aranhazos.Cuando se enfadaba ,meaba afáblemente encima de la gabardina de Eugenio.Seguro que lo recuerdas por que andaba mucho por el Alcaraván y el Corrillo.
ResponderEliminarLlegué a Salamanca muy avanzada la década de los ochenta.
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