miércoles, 22 de abril de 2020

Sortie de la badanne


"Calisto.- ¡Oh, angélica imagen; o preciosa perla ante quien el mundo es feo; o mi señora y mi gloria! En mis brazos te tengo y no lo creo. Mora en mi persona tanta turbación de placer, que me hace no sentir todo el gozo que poseo.

Melibea.-Señor mío... no quieras perderme por tan breve deleite y en tan poco espacio. Que las malhechas cosas, después de cometidas, más presto se pueden reprehender que enmendar. Goza de los que yo gozo, que es ver y llegar a tu persona; no pidas ni tomes aquello que, tomado, no será en tu mano volver. Guarte, señor, de dañar lo que con todos tesoros del mundo no se restaura."

Le pidió la prenda dorada, fue la tonta y se la dio, es la letra de una canción estudiantil de cuando todavía no se había inventado la pilula. Habían pasado quinientos años desde lo de Calisto y Melibea y se estaba en las mismas. Algunos pensarán que estas inútiles prevenciones vienen de la noche de los tiempos, pero nada más lejos de la realidad. El mundo ha atravesado por todo tipo de vicisitudes y, entre ellas, una, que la virginidad fuese más desdoro que virtud. Vayan, por ejemplo, a Heródoto, y vean lo que pasaba en Babilonia. Una mujer allí no era apta para el matrimonio hasta que no se la había pasado por la piedra cualquiera de los viajeros que había en la ciudad. De hecho había allí un templo dedicado a facilitar estos encuentros. Y cuando la chica era poco agraciada, allí que estaba su padre para remunerar al viajero que se resignase a hacer el trabajo. O sea, que los tabús también tienen viaje de ida y vuelta.

"Melibea.- ... Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quedas?... Mándalas estar sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación incomportable. ... tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón. ... Deja estar mis ropas en su lugar... ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

Calisto.- Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas."

Dicen las crónicas que lo que iguala a todos los hombres es la muerte. Craso error: de haber algo que les iguala, que lo dudo, eso es la prisa por quitar las plumas al ave que se quiere comer. Ese, porque así lo dispuso el cielo, es el momento de la absoluta irracionalidad. Nunca hubo quién que pudiera refrenar con palabras ese impulso devastador. Afortunadamente, lo normal es que el ave, aunque se haga de rogar, no vea llegar la hora de que la desplumen. Que ya lo dejó claro el Orgulloso de las Landas, un caballero andante de los que conocían bien el percal: "Sí, pues nadie creería que la besara sin hacer nada más, pues una cosa trae la otra. La mujer que entrega su boca, muy ligeramente da todo lo demás, si hay quién bien lo entienda. Etc.." . Y así es que, coronada con éxito la empresa, por no defraudar a natura, o a las leyes de la economía, se produzca ese efecto paradójico que Aristóteles, y antes Hipócrates, sintetizaran en la expresión: "omne animal post coitum triste est"

Bueno, voy a dejar este asunto porque no por estar en el centro mas central de nuestra existencia deja de ser una vulgaridad. 

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