domingo, 26 de septiembre de 2021

Divagaciones

 


Serían poco más de las ocho cuando he pasado por allí en el preciso momento en el que un rumano o cosa parecida sacaba una hermosa lubina del agua. Me la ha enseñado con orgullo y yo le he felicitado. En una bolsa de plástico tenía otra del mismo tamaño, de un kilo o así. Que lo disfrute con la familia, le he dicho. Me ha contestado con una sonrisa. Unos metros más allá había una colla de los de toda la vida con su colección de cañas en ristre y cuatro sulas en un caldero. Era toda su cosecha. 

Así corre el mundo, iba pensando mientras proseguía mi caminata matutina. Con una caña de tres al cuarto, una bolsa de plástico y el suelo por todo asiento, el que vino de afuera a mejorar su condición se lleva todos los gatos al agua. Por contra, los señoritos de toda la vida, con sus equipos Ikea, sus chanzas y su indisimulada conciencia de superioridad, se tienen que conformar con cuatro sulas que, por si no lo saben, son unos peces raquíticos. Bueno, ya se pueden imaginar en qué va a consistir el futuro de la ciudad. 

Aquí, en este barrio en el que me he venido a vivir, se oye hablar poco español y el que se habla es mayormente con acento del otro lado del charco. El caso es que con els sons de carrilhoes de fondo la vida bulle como siempre habíamos imaginado que lo hace en uno de esos barrios newyorkinos de aluvión. Aquí se notan poco los domingos porque el comercio chino que es el que predomina está siempre al pie del cañón. Esos grandes bazares en donde encuentras de todo menos una novia, a dios gracias.  A menos de cien metros de casa tengo media docena de ellos. La verdad es que no entiendo como pueden subsistir. Sin embargo, restaurantes chinos, ni uno que yo sepa. Es curioso porque por los restaurantes es por donde comenzó la invasión china. Misterios de la vida. 

Todo cambia, desde luego, empezando por lo que se pesca en la bahía. Cuando era niño, en un par de horas sacabas un kilo de panchos. Años después ya solo se pescaban mules junto a los desagües del alcantarillado. Ahora, con lo de la depuradora, vuelve a haber de todo. El otro día Rodrigo me enseñó un centollo que acababa de trincar. Bueno, así es la vida, con sus idas y venidas... hasta que ya no queda nada por rascar.   

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