sábado, 18 de septiembre de 2021

Gulag



 


Con las primeras luces vemos adentrarse en la bahía un gulag flotante. O un Treblinka, si mejor quieren. Puede que sean hasta dos mil las personas ahí dentro encerradas sin la menor opción de escapar hasta que la autoridad competente les dé unas horas de recreo. Pero la gente se pirria por ese tipo de entretenimiento. Allí dentro, un ejército de monitores les liberan por unos días de todo contacto consigo mismo. ¡Un verdadero chollo! Además, que es un consumo responsable y sostenible allí donde les haya. 

A la gente, en general, lo de gulag le suena bien. Solíamos comer en una taberna, que por cierto yo conocía desde niño, en la que los dueños habían embotellado un vino cosechero bastante bueno y al que para redondear le habían colocado una etiqueta minimalista en la que ponía gulag. Un día les dije que si sabían lo que significaba esa palabra. Es una palabra que suena bien, me contestaron. Pues debieran enterarse de lo que significa, añadí yo. Volvimos por allí a los pocos días y ya no había gulag por ningún lado. 

Esa es la cuestión, que a la gente le gusta lo de gulag. No en vano gusto y gula empiezan por las mismas letras. Se imaginan, ahí dentro, todos juntos... un verdadero vivero de expectativas. Jack Lemmon y Walter Matthau contratados por la naviera a modo de gigolós para entretener a las señoras a la hora del baile y cuando sea menester. 

En fin, vengo de unos padres que ni ciegos de grifa se hubiesen subido por propia voluntad a un gulag de esos. Desde luego que en lo que a costumbres hace fui muy afortunado con la herencia que me dejaron. ¡Monitores a nosotros! ¡Ya te digo! 

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