viernes, 17 de septiembre de 2021

El Gran Torino


 

Cada día amanece a su manera. Y nada podemos hacer para cambiarlo. En qué medida influyen sobre el estado de ánimo los colores con los que el amanecer adorna el horizonte siempre será un enigma, aunque para mí que ni fu ni fa. Un día prometedor dicen los amantes de la playa y luego va Poirot y tacha de muertos vivientes a los que en ella se doran al sol. Y es que, en realidad, si bien se mira, no hay nada más inquietante que las expectativas surgidas de un hecho banal y efímero. 

Y sin embargo, así corre el mundo. Es tal la vacuidad que le señorea que se diría que solo de lo efímero y banal emanan las expectativas. Para la inmensa mayoría, quiero decir, que vive instalada en la frustración permanente. Porque qué otra cosa cosa que frustración se podría esperar de lo que no exige ponerse la armadura para acudir al campo de batalla. 

Me revelo contra el conformismo. O la húmeda sumisión. Yo no quiero vivir en paz con el mundo. Quiero estar en un perpetuo a garrotazo limpio con todo lo que me incomoda. Que es mucho. Porque sé que solo así avanzo yo y conmigo el mundo. No, no quiero vivir en paz y que me dejen disfrutar de los nietos, como escucho decir a mi alrededor a gente que o no ha visto al Gran Torino o si lo han visto no han entendido nada, que es lo más frecuente.   

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