Perdonen que me repita, pero es que no encuentro mejor metonimia, metáfora, o cómo lo quieran llamar, para explicar esta perversa evolución del mundo que nos tiene un tanto descolocados. Me refiero a lo que va del tiragomas de Gillermo Brown a la varita mágica de Harry Potter. Claro, esto quizá no lo pueda entender el que nunca haya atizado a un tordo o a una bombilla con el tiragomas. Porque la cosa no es fácil, sobre todo lo del tordo. Hay que entrenar lo suyo. Ahora, eso sí, cuando has acertado unos cuantos objetivos eres para los niños del pueblo como el más rápido en las películas del oeste. Sin embargo, ya me dirán ustedes qué magia puede haber en resolver los problemas con una varita mágica. ¡Una mariconada donde las haya! Cosa de hadas. Cuentos para niñas.
No sé, quizá sea porque ya estoy bastante adelante en la cola de Caronte, pero cada vez me parecen más estúpidas infinidad de cosas que veo por ahí cuando salgo a pasear. Esta mañana, por ejemplo, estaba viendo amanecer sobre la bahía, pero algo me impedía disfrutar plenamente del espectáculo. No podía sustraerme a la impresión de estar en una comisaría sometido a la presión psicológica de los focos. Bueno, en las películas actuales, la policía ya no utiliza ese efectivo sistema de tortura. Pero hemos visto unas cuantas utilizándolo como coadlyuvante de las golpizas. En fin, en definitiva, que iba por el muelle y me preguntaba a qué viene todo ese despilfarro de iluminación, además, en un momento en el que el precio de la electricidad, según dicen, está disparado. Es que hace bonito, dicen los munícipes. Eso, lo bonito, para los niños, todo tiene que ser llamativo para que les guste.
Recuerdo cuando disfrutabas de Toledo, Segovia, Salamanca, a la luz de las estrellas. Aquello sí que era mágico. Además que por aquel entonces la noche era para los poetas. Calles solitarias apenas iluminadas por alguna farola fernandina. Se prestaba a las conversaciones trascendentes. ¿Recuerdan aquellas escenas de Nueve Cartas a Berta en las que el viejo profesor pasea con sus discípulos por las calles de Salamanca? Doy gracias infinitas a los dioses por haberme traído al mundo cuando todavía se podía disfrutar de aquellas cosas. Ahora, Salamanca por la noche es una continua comisaría. Tienes que ir todo el rato esquivando la luz de los focos y las mesnadas de turistas fotografiándolo todo. No hay intimidad posible.
En fin, qué viejo soy y qué cascarrabias me he vuelto.

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