El que siga creyendo que todo esto va de virus no tiene más que irse a Telegram y mirar cualquiera de esos canales que emiten sin censura para empezar a dudar. Concretamente los vídeos que muestran la realidad en Australia. Esa violencia que usa la policía sin pararse en mientes. Ven a una persona sin mascarilla en un lugar solitario y la muelen a palos antes de preguntar nada. O a unas viejecitas que toman el sol en un banco del parque. Y, bueno, a los obreros de la construcción a los que no se permite trabajar si no están vacunados, ni te digo. Claro que estos hacen frente a la policía y no son mancos. Pero lo que más sorprende es el ensañamiento de la policía con gente a la que ya tienen reducida en el suelo. ¿A qué viene todo eso si no es a una deliberada intención de amedrantamiento extremo? Se ha llegado allí a cortar el internet en provincias enteras para que la gente no se pueda comunicar para organizar manifestaciones. Y la televisión hace propaganda de los estragos del covid utilizando actores como supuestos enfermos arrepentidos de no haberse vacunado. Todo muy extraño, desde luego, porque, una de dos, o las autoridades se han vuelto locas o todo tiene que obedecer a un plan preconcebido de acabar con este mundo de libertades relativas.
Ahora que a los que no arriendo la ganancia es a todos esos policías que están siendo identificados. No van a tener la vida fácil en lo sucesivo. Ni ellos ni mucho menos sus hijos en el colegio. Por cierto que hay por ahí un video en el que se ve a un juez portugués enfrentándose a unos policías que estaban reprimiendo de malos modos una manifestación de, como quien dice, viejecitas. El caso es que uno de los policías intentó enfrentarse al juez y este le dijo, no se me acerque y cuádrese inmediatamente o le hago arrestar. Y el policía como un corderito. Pero claro, estas cosas están debidamente censuradas no vaya a ser...
El asunto de los policías es duro de pelar. Suele ser gente que cree haber dado con la piedra filosofal del modus vivendi. Un cursillo de seis meses y a vivir. Perseguir por ahí a borrachos y camellos y dar buenas palabras a algún vecino que se queja de que no vive en el mejor de los mundos posible. El resto, apatrullar la ciudad. En definitiva, como decía uno de ellos, para esto las cuatro reglas y mucha personalidad. Todo controlado, claro, mientras no pintan bastos. Pero ahí está el quiz de la cuestión, que los bastos es uno de los cuatro palos de la baraja y es inevitable que acaben pintando cada cierto número de juegos. Uno de cada cuatro, para ser concretos. Entonces el gobernante manda a la policía a reprimir a los disidentes. A gente como tú contra la que no tienes nada. Entonces la famosa personalidad va a consistir en no cuestionarte nada porque tienes que llevar el pan a casa. Para algunos será fácil e, incluso, una oportunidad de sacarse de encima la mugre de rencor que suele corroer por dentro a todos los oportunistas, pero no siempre es así como lo demuestra el hecho de no hay profesión con más suicidios. De todas formas es un buen refugio para perturbados por pulsiones sádicas y cosas así. Recuerdo a aquel policía de L´Hospitalet que después de echar un polvo con su novia le pidió a ésta que hiciese una felación al perro y como ella se negó, sin mediar explicaciones que se sepa, la pego dos tiros. Desde luego que un panadero o un electricista nunca haría cosa semejante.
Sea como sea, lo que llama la atención es la cantidad de policía que hay por todos los lados. Y lo equipada que está. A la vista de lo cual solo se puede extraer una conclusión: el poder político tiene miedo. Mucho miedo. Y qué peligroso es que la fiera tenga miedo.
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