martes, 21 de septiembre de 2021

Metáforas

Una de dos, con balsamín o con tos. El asunto de la tos es comprometido donde los haya y el del balsamín ni te digo. La tos, por su parte y en principio, no es más que un mecanismo de defensa para sacar del árbol bronquial todo lo que no debe estar en él, ya sea porque se ha colado desde fuera, ya porque la propia producción se ha disparado. Por lo general funciona sin problemas y tan pronto como el sobrante ha sido expulsado por la glotis la tos cesa. Pero no siempre es así, a veces un germen o virus cabrón se apodera de las terminaciones nerviosas que desencadenan el mecanismo y ya la tenemos armada. Entonces se produce el fenómeno de la tos improductiva, tremendamente molesto y duradero porque la infección, una vez ida, deja como secuela unas terminaciones nerviosas hipersensibles que mandan señales al centro cerebral de la tos por las más fútiles causas. Así es que pasan días, semanas y a veces meses, sin poder parar de toser con el  agravante de no poder expulsar nada. 

El caso es que un proceso de tos improductiva no te deja vivir. No puedes relacionarte, no puedes dormir y, por demás, andas agotado porque el mecanismo de la tos pone en juego muchos músculos que acaban por doler de tanto usarlos. Así no es extraño que uno esté dispuesto a recurrir a lo que sea para salir del trance. O al menos aliviarlo. Y aquí es donde entra en juego el balsamín. Bueno, hay un montón de balsamines, pero no conviene engañarse al respecto, para que funcionen mínimamente tienen que llevar entre sus componentes una significativa dosis de opiáceos. Sin opiáceos, apaga y vamos. Y ese es el asunto, que una vez resuelto el problema de la tos improductiva no pocos pacientes quedan enganchados a los opiáceos. Yo los he tenido en la consulta de los que acabaron resolviendo su ecuación agarrándose a la tos por tal de poder seguir con los opiáceos. 

Pues bien, así es como funciona el mundo. Por lo general la tos es productiva y si se pasa de rosca le das un antibiótico y es raro que no responda. Pero de vez en cuando le da una de esas improductivas y, bueno, en ello estamos, venga a darle a los opiáceos. Te vas por ahí, a pasear por donde sea, y todas las cunetas están trufadas de envases vacíos de codeína. La gente ya se ha acostumbrado y parece que incluso le gusta. Tengan en cuenta que esta codeína de ahora funciona por narcolepsia. Sería largo de explicar incluso para un fisiólogo avezado como yo, pero, en cualquier caso, ¿por qué piensan ustedes que sea el que la gente no se quite la mascarilla ni para cagar? Pues simple y llanamente porque coloca. Y ¿a qué achacan que el poder en curso tenga tanto interés en que la gente no se quite la máscarilla? Pues, elemental Watson, a que a la gente colocada se la maneja sin necesidad de mover un solo dedo. 

Por lo demás, ¡madre mía, cómo está el patio! Cada día que pasa monte d´un cran el emputecimiento sistémico. Y, para colmo, la gran degringolade financiera es looming por el horizonte oriental. Claro, tanto opiáceo es lo que tiene que, al final, todos yonkis queriendo sacar para drogarse de la venta de las flores que roban en los cementerios. Pero ésta es otra historia.  

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