Santi, que como pensador de raza siempre está al quite, me dio en el encuentro que tuvimos el otro día un texto de título"Narratology. The Form an Functioning of Narrative", de un tal Gerald Prince. A mí me parece que es como una vuelta de tuerca más de lo que me fascinó cuando en aquellos años febriles leía a Ferdinand Sassure y, sobre todo, a Roland Barthes. Una cuestión, en definitiva de saber apreciar los diferentes niveles de la información, ya sea sobre lo real o lo ficticio, que recibes. Quién te da la información, como te la da, en qué estado anímico estás cuando la recibes, y los sucesivos etcéteras. En fondo no es más que aprender a convertirte en cedazo que separa el grano de la cáscara. Los textos, en su práctica totalidad, están llenos de intrusión. Por ejemplo: "Fulanito andaba elegantemente". Vamos a ver: ¿en que se basa el autor para decir que andaba elegantemente y qué quiere decir con elegantemente? Es como si el autor fuera Dios y su punto de vista fuera inapelable. Y la verdad, uno está hasta el gorro de tanto punto de vista ajeno. E incluso del propio. De hecho, llega un momento en el que la calidad del relato, sea a través del medio que sea, viene marcada por la cantidad de intrusión que tiene. A más intrusión, peor relato. Y así, hay novelas famosísimas que si les quitases toda la intrusión que tienen se quedarían en quince o veinte páginas. Y de ahí, pienso, el enorme valor literario de un cuento de Borges o Monterroso, que en tres, o dos, páginas te cuenta una historia inmensa sin dejar nada de importancia en el tintero. Luego tú, en tus ensoñaciones, le vas sacando significados al dinosaurio que todavía estaba allí cuando despertaste. O a por qué dos hermanos prefirieron matar a la mujer que compartían. Porque esa es la cuestión, que si no te intoxican con teorías sobre el porqué de los hechos vas tú y ejercitas las neuronas para fabricar las tuyas. Y en eso consiste todo, en ejercitar las neuronas, para lo cual, ¡o desgracia de desgracias!, no sirve en absoluto leer novelas o ver series que lo traen todo ya masticado. Eso, en todo caso sirve para matar el odioso tiempo libre, o, como sostenía Pla, para desvelar la inepcia intelectual del que lo sigue haciendo más allá de los treintaitantos.
Así que...
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