domingo, 10 de junio de 2018

El Apóstata

Nunca suelo leer los artículos de Sánchez Dragó al que siempre he considerado un poco cantamañanas, pero hoy, dado que venía encabezado por un busto de Juliano el Apóstata, me he apresurado a leerlo. No por nada sino porque el tal Juliano es una de mis "vacas sagradas" desde que leí la biografía que de él hizo Gore Vidal.  

Juliano quiso restituir lo que Constantino había robado al imperio: la espiritualidad. Así de sencillo. Porque no otra cosa supuso la sustitución del paganismo por el cristianismo. Como señala Dragó, a mi juicio muy atinadamente, nunca nada se impuso ni a nadie se persiguió en nombre de los dioses paganos. Comparen, entonces, con lo que ha sido el cristianismo, una auténtica máquina de picar carne a lo largo de los siglos. Sin paliativos, por más que los intentos repaganizadores del Renacimiento trajesen algunos alivios.

Los dioses paganos no eran otra cosa que representaciones divinizadas de nosotros mismos en nuestras infinitas facetas. Nada prescribían porque, como a nosotros, les atenazaba la contradicción. Por eso, adorarles era obligarse a pensar para reconocerse en lo que cada uno es. Es decir, sujeto de todas las pasiones. Así, en llegando a tal grado de conciencia, digamos que ya te constituías como individuo y, por tal, nunca más se te volvía a pasar por la cabeza culpar a los demás de tus propios fracasos. 

Porque, si no ando equivocado, en eso consiste la espiritualidad: en el esfuerzo agónico necesario para acercarse al conocimiento de sí mismo. Y eso es exactamente lo que se cargó la milonga cristiana: con tal de ir a misa te convertías en bueno por decreto y a dormir. Un chollo con la trampa más brutal de todas las que existen: no dejarte crecer.   

En resumidas cuentas, que ahí andamos todavía, con las secuelas de aquel invento totalizador nefasto que fue el cristianismo. El triunfo, diría que definitivo, de Dionisos sobre Apolo. De la sacristía a la bodeguilla y de la bodeguilla a la sacristía, parece como si nos fuera imposible escapar a ese círculo de estulticia. 

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