miércoles, 6 de junio de 2018

La música extremada



Da la impresión de que ya han comenzado esos quince años de frío y lluvia que quería Eugenio D´Ors para acabar con todos los males de España. Ayer me llegué a Salamanca para ver a Santi y lo primero que tuve que hacer fue pasarme por Zara a comprar un jersey porque aunque iba más que pertrechado para estas épocas del año me estaba muriendo de frío. Bueno, por lo menos así hay tema de conversación para paliar la asfixia de lo político crematísticamente hablando: unas veces pillan unos y otras veces pillan otros. En el nuevo El Bardo nos dieron de comer manitas de ministro: estas son de Borell y estas de Carmen Calvo, dijo el camarero al depositar los platos haciéndose el simpático. La verdad es que estaban muy ricas, aunque a mí me gustan tanto que las comería en la cabeza de un tiñoso, como se suele decir. En esto de las manitas, y perdonen mi erudición, me pasa como al Abad de Labraz que de mayor quería ser cerdo para comerse las manos. ¡Ay, Baroja, hijo, ayer nos acordamos de ti un buen rato! Y es que lo bueno, parece que pasa, pero siempre acaba por volver. 

Por lo demás, Salamanca, Académica Palanca. A pesar de que la ciudad está tomada al asalto por la industria turística en lo que hace a la Universidad parece que se vislumbran nuevos tiempos de esplendor. Y es que, entre otras muchas cosas, los chinos se han fijado en ella para su aterrizaje cultural en España. Han comprado la antigua Fonda Veracruz, hoy escuela de hostelería, para hacer allí un colegio mayor, un centro de investigación, y yo qué sé cuantas cosas más. Bueno, no me extraña nada que así sea porque todo aquello impresiona a cualquiera rincón por rincón. 

Por allí andaban los de la industria cinematográfica haciendo una película sobre Unamuno. Coches de época que les dicen y todo eso. Claro, allí no se tienen que gastar un duro en decorados porque toda la ciudad lo es. Abruma, desde luego, y después todas esas estatuas de sus glorias pasadas que la jalonan por doquier. Por afinidad me hice una foto con Salinas cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada. Pero pudiera haber sido con Fray Luis, Torres Villaroel, Churriguera, o el mismísimo poeta Adares que han perpetuado en el Corillo donde era figura imprescindible en mis años salmantinos. 

En fin, tenían que haber visto cómo llovía por Valladolid cuando venía de regreso. ¡Qué dolor! Otro año que se va a ir al garete la cosecha. Menos mal que la cosecha de turistas suple y con creces a todas las demás. Vamos a tener que construir silos para meterlos a todos. 

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