Como era de esperar para cualquiera con dos dedos de frente, todas las promesas que hicieron los sociatas al arramplar el poder a los peperos ya han empezado a irse por el retrete. Se irán absolutamente todas y aquí no habrá pasado nada. Seguirán manteniendo el tipo con la misma dignidad que le mantuvo la Iglesia después de siglos de persistente ignominia. El secreto no es tal, los sociatas son los herederos directos de los curas en el dominio del arte de los púlpitos. Arte que por cierto tampoco es que tenga mucho secreto ya que si sostienes que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos ya tienes asegurada la simpatía de todos los desgraciados que, ni nos engañemos, ni necesitemos leer a Shopenhauer para saberlo, son, o somos, la inmensa mayoría de la humanidad.
Anyway, lo que siempre me ha interesado es ir al fondo de las cosas, y en este asunto tan bizarro quisiera pergeñar algún tipo de teoría sobre el porqué de esa actitud que bien podríamos calificar como arrogante. ¡Tanta arrogancia para tanta equivocación! Y por eso es que me tema lo peor. Porque es que no pienso que los sociatas hayan dado ese asalto al poder por, como se sostiene por ahí, asegurarse unos buenos sueldos de por vida para sus seis o siete mil militantes más notorios, lo que tampoco es cuestión baladí, no, ni mucho menos, lo que pienso es que les mueve la fe de estar en posesión de una varita mágica, ese cáncer del espíritu que tantas veces a lo largo de la historia se lo ha llevado todo por delante. Y no por nada sino porque esa fe es la negación de la humanidad. Esa fe que nos devuelve al animal que fuimos. Al instinto sobre la razón. Al Serengueti, por así decirlo.
Por fortuna para mí soy optimista y pienso como Selley que una gran nube mental está descargando su rayo sosegado. Poco a poco, ni moros ni cristianos ni judíos. Ni izquierdas ni derechas. Ni guapos ni feos. Sólo personas a las que se conoce por sus hechos, Don Quixote dixit a Sancho.
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