"Hay que considerar a los animales iguales (al ser humano) en todo: en inteligencia, en sensibilidad, en derecho a la vida", creo que ha dicho el que ha sido nombrado ministro de cultura en sustitución de otro que tampoco le gustaba lo de las corridas de toros. Como inciso les diré que tampoco a mí me gustan, pero por aburridas, porque por lo demás me encanta el rabo de toro a la bourguignon.
Por dios bendito, a dónde vamos a llegar. Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como asegura la mayor aportación catalana a la filosofía universal. Que me digan que no se maltrate a los animales, me parece bien. A quoi bon maltratar sea lo que sea. Por ejemplo, los bancos de los paseos que están casi todos hechos un asco. O las columnas de los soportales que también lo están de las cacas y pises de perro. Y un millón de cosas más que son maltratadas como consecuencia de la necesidad de consuelo que tienen los desgraciados. ¿O es que me van a convencer ahora los socialistas de que destrozar y maltratar no es el mayor neutralizador de la rabia, la frustración, la envidia y demás perlas que adornan a los rezagados?
Desde luego como se ve que ese ministro es de lo que antiguamente se decía de letras. Es que no se me dan las matemáticas, se argumentaba para justificar. Claro, por eso eran de letras, pero malos. Como de no saber en que consiste la inteligencia. Se lo diré yo: entender enunciados complejos. No es, desde luego, el caso de los perros, ni, ni siquiera, de los gatos. Ni tampoco de muchísimos de nuestros congéneres que a duras penas pueden subsistir si les quitas el báculo de las modas.
Porque no se engañen esto de los animales sólo es moda que, como todas, pasará. Algún día un niño gritará: pero se dan cuenta de que han convertido sus vidas en un puro ir recogiendo caquitas por las calles... y todo se vendrá abajo. Pero, vendrán otras porque es imposible sostenerse sin apoyos ficticios. Sobre todo si eres bueno. Socialista en definitiva
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