Desde luego que el empeño de los socialistas por enaltecer la figura de Franco no tiene parangón ni ni siquiera con los esperpénticos esfuerzos de aquellos del bigotillo que se decían Movimiento Nacional. Aquellos que según el propio Franco sólo servían para aplaudirle allá por donde pasaba. Ahora, cuando ya casi se apagaba en el recuerdo su figura, van los intelectuales de izquierdas y proponen que, a falta de otras mejores propagandas, sería de gran utilidad para la causa sacar los huesos del prócer de donde están enterrados y, yo qué sé, quizá tirarlos al osario del común. Y, entonces, va Franco y resucita un poquito y más gente se entera de que el grueso de la red de hospitales públicos la inauguró él, porque no sólo fueron pantanos como afirman los que le quieren ridiculizar, como si la construcción de pantanos no hubiese estado en el origen de todo el desarrollo que vino después. Sí, que no sufran los nostálgicos del bigotito porque de esta embestida socialista el dictador subirá unos cuantos escalones más hacia la gloria. Y sus huesos, pelillos a la mar, a quién le importan.
En resumidas cuentas, que no hay forma mejor de que te salga el tiro por la culata que el tratar de escribir la historia a la medida de tus ideologías. Porque ya sabemos que la chusma se traga lo que sea con tal de no tener que reconocerse en lo que es, pero a la postre la historia no la cuentan los huesos de los cementerios sino los documentos que hay en los archivos que, por cierto, no sólo son policiales. También los hay cuentan como fue que se multiplicase por diez, veinte o cien, que no sé, la renta per capita en aquellos años tan negros, al parecer más para unos que para otros. Y es que mira que hay que ser torpe para no darse cuenta que donde las dan las toman, y al que no quiere caldo, taza y media.
Pero bueno, no podemos estar siempre a las vanas trascendencias porque ya se sabe que su destino es el mismo que el de lo que cagó María Sarmiento, que se lo llevó el viento. Sin embargo, hay asuntos de apariencia banal que, luego, una vez sometidos a la lupa te das cuenta de la enorme carga simbólica que arrastran. Por ejemplo, hoy he leído en varios digitales que una tal Carmen Lomana, que debe ser persona importante porque no necesita que se mencionen sus méritos, en un arranque de lo que sea, cogió, agarró, se quitó el sostén y lo metió debajo del sudario de su recién fallecido marido. ¡No me digan que la cosa no tiene el morbo suficiente como para que se produzca una guerra fratricida entre feministas a favor y en contra del gesto! Porque, vamos a ver, ¿no hay ahí un ejemplo de libro de cultura opresora heteropatriarcal? Pero también, claro, puede ser considerado un acto supremo de generosidad, de los que sólo pueden hacer los poderosos. ¿O es que acaso no tiran más dos tetas que una carreta de bueyes? En fin, no soy yo quien para poder desentrañar todo el significado de semejante significante. Pero, dios mío, qué pasada de gesto.
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