jueves, 21 de junio de 2018

El Usurpador

Estoy intentando reponerme del sock que me ha causado ver al Usurpador sentado en las escalinatas del palacio de la Presidencia del Gobierno entregado sin recato al hitleriano vicio de la perrofília. Sí, sí, digo bien, Usurpador, porque ha obtenido lo que no le corresponde vulnerando leyes que no están escritas porque la obviedad de su contenido lo hace innecesario. Pero en fin, nos dormimos en los laureles, despertamos como despertamos, y ahora no vamos a echar al fuego la leña de la queja. Sería de necios. 

Lo que ahora hay que hacer es lo que no hicimos: política en su sentido más amplio. Es decir, palabras y gestos que pongan a todo hijo de vecino ante el espejo para que se vea como realmente es. Fundamentalmente con el nivel de estudios que tienen y sus capacidades para ganarse la vida. Porque, no nos engañemos, todos los males de una sociedad vienen engendrados por el cultivo social del autoengaño. Por eso un mocoso es capaz de dirigirse al Presidente de la República Francesa llamándole Manu. O un obrero sindicalista con a duras penas la enseñanza primaria le discute a un ministro de economía lo que hay que hacer. Porque lo que viene pasando aquí, en base a que nadie se sienta menospreciado, es que se ha perdido la noción de lo que cuesta saber de cualquier cosa de la que se trate. Y eso hay que desmontarlo con política.

Tiene que quedar muy claro que tú, el Usurpador, eres un profesor agregado de mil euros rasos al mes y yo, el Defenestrado, soy un registrador de la propiedad que levanto veinte mil sin despeinarme. O sea, que la inclemente realidad deja meridianamente claro que donde no hay la trampa de la demagogia valgo veinte veces más que tú. Por eso, el gesto de Rajoy de dejar todos sus cargos e irse a Santa Pola ha sido ya el rizar el rizo de su brillante carrera política. Ese ¡ahí os quedáis, pringaos! vale por mil discursos. 

En fin, lo siento mucho pero esto no se va a encarrilar nunca sin que antes no emprendamos la desagradable tarea de ayudarnos los unos a los otros a ponernos en donde nos corresponde. Porque todos tendemos a ser embaucadores y a tratar de realzar nuestra valía por medio del adorno con plumas y abalorios. En definitiva, que de tanto hacer el indio, cuando despertamos, el Usurpador estaba allí. 

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