La cuestión definitiva es poder llegar a apreciar la belleza que se esconde tras una master class impartida por Félix Santos sobre acordes disminuidos. Claro, para ello hay que estar un tanto iniciado, lo cual exige haber subido bastantes de los muchos escalones de la empinada cuesta del saber. No, no se puede llegar y ¡ale, a disfrutar!
En habiendo llegado ya a viejo, caigo en la cuenta con más pena que consternación, de todo lo que hice el imbécil, impulsado supongo por las modas, al querer disfrutar con actividades para las que no estaba iniciado. ¡Por dios bendito, qué borreguería! O qué complejos de inferioridad. Siempre buscando la notoriedad por medio de la imitación. Como los monos.
Bueno, me consuelo pensando que aquellas idas a los festivales de jazz de San Sebastián me sirvieron, al modo de unos misterios eleusinos, para darme cuenta de mi absoluta inanidad. Porque dejar de ir y empezar a estudiar música fue todo uno. Y es que, a quoi bon insistir en algo a lo que nunca puedes traspasar la cáscara que lo envuelve porque careces de las herramientas necesarias para ello. Sí, ya me conozco la milonga esa del sentir, de las emociones... pero a mí no me sirve. Yo quiero saber por qué siento lo que siento. O por lo menos intentarlo. Desvelar ese misterio es mi única fuente de posible placer.
En fin, doy gracias a los dioses del Olimpo por haberme traído hasta este grado de iniciación que me permite conmoverme de satisfacción al contemplar con los cinco sentidos una master class de Félix Santos.

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