miércoles, 31 de octubre de 2018

Judíos

Hay una teoría acerca de las causas del odio a los judíos que yo considero de naturaleza chusmática, es decir, que ha sido elaborada en las sacristías y difundida desde los púlpitos. Pura postverdad, que le dicen ahora, en definitiva. Es esa de que se merecen todo el odio del mundo por haber matado a Cristo. ¡Ya te digo!

El caso es que hoy viene un artículo en El Mundo firmado por el Presidente de las Comunides Judías en España. Y en él se dedica a indagar en las posibles causas de ese odio que es real ya que se ha traducido y traduce en múltiples persecuciones. Bueno, para mí esta cuestión siempre ha sido motivo de especulación sin final posible. Algo como la jodienda que no tiene enmienda. Pero, ¿por qué?

Sea como sea, hay algo que nunca me he podido quitar de la cabeza: algo tienen que estar haciendo mal los judíos para no poder quitarse de encima ese estigma. Y es que en esto sigo la doctrina que nos inculcaba mi padre cuando nos enseñaba a conducir. Cuando íbamos rígidos al volante y nos quejábamos de algo que había hecho el conductor que iba delante o atrás o a un lado, siempre nos quitaba la razón y nos decía que si teníamos un accidente la culpa siempre sería nuestra porque conducir no es sólo lo que haces tú sino, también, adelantarte a lo que va a hacer el que te viene por detrás o de frente. Tus razones, decía, de poco te van a servir si te matas. 

Hay algo en ellos que sin duda me desazona: su incapacidad para diluirse en el todo como han hecho la inmensa mayoría de las comunidades que en el mundo han sido. El mantener una identidad basada en el azar del nacimiento siempre me ha parecido la quinta esencia del chusmismo. Como le decía Alonso Quijano a Sancho Panza, uno no es de donde nace sino por lo que hace. Para mí eso es religión sin ignorar por ello que el origen condiciona, incluso una barbaridad en algunas circunstancias, como pudieran ser las que se dan cuando ves la primera luz en un hogar de ilustrados o, por contra, de iletrados. Lo de diferenciar Pinto de Valdemoro, eso, ya, lo considero simple estulticia. 

Y ahí encuentro un atisbo de posible razón. Lo que diferencia a los judíos de la mayoría de los mortales es la ilustración. Incluso se hacen llamar el Pueblo del Libro. Hay una obsesión en ellos por convertir ese libro en un objeto de especulación. Ya de niños van con sus abuelos a las sinagogas a darle vueltas a los significados de los significantes. Así, al final, se convierten en unos obsesos del lenguaje y, de rebote, pueden hacer todas esas series tipo sitcom con las que acostumbramos a desternillarnos. 

Si, eso creo, el pueblo judío es en definitiva una educación encaminada al dominio del lenguaje. Bueno, en realidad todas las educaciones lo son, lo que pasa es que no todos los métodos son igual de buenos para conseguirlo. Y ya saben lo que le pasa al que consigue triunfar en sus propósitos, que de inmediato se atrae las iras de todos los que fracasan o, simplemente, quedan rezagados. Y de esos polvos...

Ahora bien, lo que me cuesta entender es que gente que demuestra tener tanta inteligencia para tantas cosas no se capaz de comprender aquellas teorías que les decía de mi padre: tan importante es lo que tú haces como prever lo que te puede hacer el que viene de frente. Y es que si ya de entrada te señalas con un diferenciación pues luego atente a las consecuencias. Simplemente soy diferente por pertenecer a algo. Y ya sabemos que nadie se quiere diferenciar para ser menos. Y para ser igual sería un oximorón. Luego el que va de diferente es para ser más. En definitiva, algo sumamente antipático y, como digo, poco inteligente. 

En fin, y digo yo, ¿por qué no podrá esa gente educar a sus hijos en lo relativo al lenguaje como les educa sin necesitar para ello tener ese sentimiento de pertenencia a una comunidad de superiores? Y es que, amigos, nadie es perfecto. Y, al final, lo comido por lo servido: mucha excelencia en los negocios de la vida compensado por mucha leña en las inevitables y siempre turbulentas relaciones humanas.

martes, 30 de octubre de 2018

Sanseacabó

Me pregunto cómo sería una sociedad en la que sus miembros más comunes hablasen en las sobremesas de forma habitual sobre Grupos de Lie o el Teorema de Noether. O temas por el estilo. Porque lo realmente sorprendente de este mundo que vivimos es que el 99,99 % de las personas no tenemos ni puñetera idea no ya de en qué consisten esas cosas sino ni siquiera de que existen, pero, después, nos quejamos sin parar de que una insignificante proporción de los humanos acaparen todo el poder. Pues claro, hombre, cómo podría ser de otra manera si entre los que conocen esos teoremas endemoniados y un parroquiano del Bariloche -el bar de la esquina- hay la misma distancia cognitiva que entre dicho parroquiano y un perro. 

Qué exageración, me dirán. Pues sí y no. Porque resulta que a lo largo del día hacemos un montón de cosas que consideramos ya imprescindibles y que sin embargo se sustentan en el conocimiento de esa exigua proporción de personas. Por así decirlo, estamos en sus manos por mucho que lo ignoremos. O mejor, por mucho que pongamos todo nuestro empeño en ignorarlo para no tener que sentirnos como perros... aunque a muchos eso, al parecer, les encantaría. 

Sí, toda esa gente que abarrota las iglesias donde se preconiza el creacionismo, diseño inteligente y demás mandangas. Una inteligencia superior nos ha hecho así y quiere a unos en el Bariloche jugando toda la tarde al tute y a otros en el CERN tratando de descifrar las interacciones fuertes entre los quarks. Y, como se suele decir, nadie es más que nadie, ni siquiera tú más que tu perro. ¡Pues mira qué bien! Sin embargo, todo esto tiene un problema y es que un día llegó Darwin y mandó parar. De iguales, todo lo que usted quiera, pero tiene muchas más probabilidades de trasmitir su ADN el del CERN que el del Bariloche. Y aquí sí que hemos dado en hueso. ¡Y lo que duele eso! 

En fin, ya veremos, o ya verán, en qué acaba todo esto. Pero, por mucho cura que ande por ahí predicando el amor cósmico la evidencia avanza arrasándolo todo a su paso. La inocencia ya no es una opción. O sabes o no sabes quienes son Noether y Lie. Si no lo sabes, vida perruna y sanseacabó. 

lunes, 29 de octubre de 2018

A ver si os enteráis

A veces, en mis sueños de héroe, desearía tener una tribuna pública para poder explicar a las masas enchusmatizadas como son, o fueron, las cosas en la realidad. Y es que uno se sabe poco normal para casi todo, para lo bueno y lo malo, que no sé en cuál de los dos sentidos es más pernicioso a efectos de integración social, porque si lo malo te atrae la indiferencia o el desprecio de los demás, lo bueno genera un odio alrededor que obliga al abandono y la huída. Sea como sea, la cuestión es que todo ello me ha proporcionado considerables sufrimientos a lo largo de la vida, aunque es verdad que con la práctica y el entrenamiento se hace músculo para todo siendo después leve la subida de cualquier pendiente. 

Pues sí, ese es el caso, que mi parte buena me proporciona una especial agudeza para relacionar datos y extraer conclusiones sobre los más diversos asuntos. Y claro, cómo no, muchas han sido las veces que he metido la pata hasta el corvejón, pero, debo aceptarlo y no me importa blasonar de ello, muchas más han sido las que he dado en el clavo... y esas son las que nadie te perdona. ¡Dios mío, con lo feliz que vive el populus instalado en la mito, la ficción, el engaño o la mentira, que tanto da! El caso es que la historia les quede bonita y les exculpe de toda responsabilidad, achacando ésta a los famosos poderosos que nadie sabe quiénes son ni dónde están. 

En fin, dejo ya los preámbulos, que ya estuvo bien, y paso a la acción. Y sí, voy a deconstruirles de cuatro patadas todo ese maldito embrollo de la Transición que nos trae a mal traer por aquello de que todo su "relato" se basa en una mentira. Bueno, más que todo, casi todo, ya que la representación escénica que hicieron los políticos también contribuyó a dar cierta carta de naturaleza, o a visualizar si mejor quieren, lo que de hecho ya existía desde hacía unos cuantos años. 

La verdadera transición, señores y señoras, comienza a principios de los años sesenta cuando miles de jóvenes universitarios españoles se fueron al extranjero y con esfuerzos heroicos a veces y otras con la ayuda de sus familias consiguieron entrar en universidades, hospitales, centros tecnológicos y demás y acumular un capital de conocimiento considerable. Les pondré un ejemplo, el jefe que tuve en Oviedo, un chico de un pueblo de Cuenca que hace la carrera de medicina en Madrid, se va luego a Londres a trabajar de camarero para aprender el inglés y de allí a Holanda a trabajar en un hospital. A finales de los sesenta regresa a España con un tesoro inmensamente superior al que traían aquellos famosos indianos de América y lo pone a disposición del país a cambio de un modesto sueldo. Como él a miles. Y por eso aquella España de finales de los sesenta y comienzos de los setenta era como una olla en ebullición. De la noche a la mañana se pasaba del chamán al científico en todos los ámbitos de la vida. El conocimiento había empezado a enseñorearse de las prácticas del poder. 

 Sí, esa fue la transición, la explosión de conocimiento que se dío en el transcurso de la década de los sesenta. Sin duda ello fue posible porque aquella dictadura que, por cierto, Vargas Llosa comparaba  ayer a la de Hitler, también son ganas, no puso palos en las ruedas. La gente entraba y salía de España y el trasvase de sabiduría era ingente. Al final, como decía Borges, la democracia funcionó porque es un régimen político que funciona donde lo hace cualquier otra fórmula. Porque es el conocimiento y sólo el conocimiento el que trae la prosperidad que hace posible que la gente conviva sin matarse. Y el conocimiento tiene sus héroes, como mi jefe de Oviedo. O tantos otros que conocí y que convendría ir colocándolos en el lugar de la historia que les corresponde para que las nuevas generaciones tengan un espejo plausible en el que mirarse y no sentirse avergonzadas. 

Eso, a ver si os enteráis. 

domingo, 28 de octubre de 2018

Ñoñostiarrería

"Éramos jóvenes y libres en un país que acababa de abrir de par en par las ventanas tras largas décadas de aire cerrado, un país ansioso por modernizarse y superar sus complejos. Zaragoza fue, en tal sentido, un escenario favorable; de ahí mi agradecimiento."

Así termina hoy su artículo de los domingos en El Mundo Fernando Aramburu. Cuenta en él que a finales del año 79 del siglo pasado fue a estudiar a Zaragoza y desde el primer día se sintió allí mejor que en su tierra ñoñostiarra. No me extraña porque las pocas veces que he estado en esa ciudad me ha pasado lo mismo y también le pasó, creo recordar, a Guzmán de Alfarache que la consideraba la ciudad más hermosa y próspera de España, opinión en este caso muy a tener en cuenta por la relevancia del personaje que la emite. 

A mí Fernando Aramburu me parece un tipo entrañable, aunque a raíz de un artículo que escribió sobre su perrito ya me di cuenta de que le faltaba un hervor. Y hoy confirmo esa impresión con la lectura del párrafo de su artículo que he transcrito para ustedes. Es, cual les pasa a tantos españoles de renombre, como si estuviesen a la cola para recibir el  bautismo que limpia el pecado de leso fanquismo. De repente se abrieron las ventanas, dice, y entró aire fresco. ¡Qué deliciosa metáfora de una realidad a la medida unos sueños épicos! Quizá es que en Ñoñostia por aquello de las tradicionales amachus castradoras se respiraba un aire muy viciado. Siempre jugando a ser héroe, aunque fuese a golpe de tiros en la nuca, con tal de llevarse a la amachu al catre. Y ni por esas. Ahí siguen. 

Sí, la inmensa mayoría de los españoles de mi edad tenemos que soportar sobre nuestras ya débiles espaldas el pecado original de haber ejercido una ciudadanía más o menos normal durante los años de nuestra juventud, los, digamos, diez o quince últimos años del periodo que se conoce como franquismo. Fuimos a las universidades y allí hablamos de lo que nos dio la gana, vimos teatro y cine del mejor, viajamos al extranjero, trabajamos en instituciones homologables con las de cualquier lugar del mundo civilizado. Un verdadero oprobio todo ello, porque de haber sido humanos hubiéramos debido dedicarnos en cuerpo y alma a cantar alabanzas a Stalin o en su defecto y por estar más al día a Fidel Castro. En fin, se hizo lo que se pudo y, en mi pobre experiencia, cuando se abrieron las famosas ventanas prácticamente ni se notó porque el aire de fuera y dentro llevaba ya bastantes años intercambiándose sin excesivas trabas. La verdad es que, lo que se dice "complejos", bastante pocos.  

Pero, en fin, ahí están todos esos articulistas de renombre venga a dar a la matraca del pecado original. Ese es el drama de España, no querer reconocer que la ficción del franquismo ya no da más de sí. La historia es un río que antaño tenía las crecidas del deshielo y las sequías del verano, pero que desde que existen los pantanos, bajan ya regulados y casi ni se notan en ellos las alteraciones climáticas extremas. Así, del franquismo a la democracia apenas se notó, sobre todo si se compara con el antes y el después de la invención de la pilule, que aquella si que fue la de la de San Quintín.  Así que ya está bien de ñoñería ñoñostiarra.

Coda.- Por si no lo saben Ñoñostia es San Sebastian, patria chica de Aramburu.

viernes, 26 de octubre de 2018

Perestroikeando

Cuentan las crónicas que cuando Gorbachov empezó con el asunto aquel de la perestroika, una de las primeras cosas que hizo fue ordenar la excarcelación de dos millones de personas que estaban presas por haber cometido el peor de todos los crímenes de lesa patria: contar chistes de cariz político. Le oí a Ronald Reagan contar algunos de ellos y la verdad es que tenían gracia y un montón de mala leche. Recuerdo que, en aquellas tertulias que se montaban en mi casa de Salamanca, precisamente por los años de la perestroika, una vez apareció un chaval que justo venía de estudiar filología rusa en Kiev. La verdad es que no había forma de hacerle callar. Contaba cosas de la vida de allí que eran bastante espeluznantes. La gente vivía en apartamentos de doce metros cuadrados y si tenían un hijo, haciendo los preceptivos trámites burocráticos, con la consiguiente mordida, podían acceder a uno de catorce.  Aquella estrechura obligaba a compartir cocina y baños, lo cual facilitaba a tope la socialización. Según contaba se pasaban el día en la cocina bebiendo vodka, comiendo patatas y contando chistes. Decía que él había llegado a pesar ciento treinta kilos. Aquella riada incesante de chistes, añadía, era lo que había tumbado al régimen. 

Aquí, en España, sin necesidad de tantas estrechuras, también tuvimos nuestro lote de chistes cuando lo de la Dictadura. Era, supongo, la forma inteligente de liberar tensiones y adquirir conciencia de la realidad, sobre todo la de sí mismo. No hay que perder de vista que el humor nos psicoanaliza. Y ahí es en donde reside a mi juicio la madre de todos los males que nos están aquejando en estos momentos aciagos para la patria: que se vuelve a encarcelar por contar chistes. Así, nadie osa ya bajar a las profundidades del inconsciente no vaya a ser que, luego, cuando vuelvas con tu carga de nuevas adquisiciones te estén esperando para darte una somanta. Ahora, como no sea en pequeños círculos de absoluta confianza y, sobre todo, del mismo género, ni se te ocurra abrir la boca. Los pobres tienen que ser buenos, los ricos, malos, las mujeres, santas, los hombres, rijosos... está todo perfectamente codificado así que, para liberar tensiones, comer, beber, viajar... y, por las noches, cascártela viendo porno en casa. 

Sin duda hace falta una nueva revolución de las conciencias. La lengua absuelta que diría Canetti. Hay que volver a lo de decir en cualquier sitio lo que se te pase por los cojones. No es que eso sea muy inteligente, pero la situación lo exige. 

jueves, 25 de octubre de 2018

Indistinguible

A un niño de seis años le organizó su madre una fiesta de cumpleaños en una pizzería. Invitó a todos sus compañeros de colegio, unos treinta, y ninguno acudió a la cita. El fotógrafo de la pizzería colgó en facebook una foto del niño desolado en aquella gigantesca mesa vacía. No fueron precisos muchos minutos para que llegase la avalancha de mensajes de consuelo. Tu eres el mejor y cosas así. Bueno, ni tan mal, pensé, al menos hay treinta padres que no son estúpidos del todo. A lo mejor es porque no quieren ser socialistas. Imagínense, treinta niños, treinta celebraciones al año a golpe de pizza. ¡La bomba! Mañana mismo pongo una pizzería y me forro. 

Ayer, por cuestiones en parte ajenas a mi voluntad, estuve en Salamanca. ¡Más bomba! A últimos de octubre y a tope de turismo. Hasta tal punto que los estudiantes que antes todo lo impregnaban ahora pasan desapercibidos. Ahora el oficio estrella allí es sin duda el de cicerone. Bien es verdad que hay que estar sindicado para ejercerlo, pero, por lo demás, sólo hace falta un palo con una banderita blanca para que te vea el rebaño. Estaría bien, pienso, emplear perros pastores para los turistas que se despistan y no atienden como es debido las ilustraciones.  


Por ejemplo, delante de esa metopa lisa sobre la doble columna siempre hay cola de palos con banderita blanca esperando turno para explicar su significado. Y es que esa lisura representa el triunfo de la razón y, sobre todo, la victoria final: ahí justamente estaba el medallón del Innombrable. 

Y, luego, por la noche, ya repanchingado en mi sillón y por si no hubiese tenido bastante, voy y veo que las cosas del humor van de bien en mejor. Y si no me creen miren este panfleto:


Cosas así eran las que, cuando aquellos oprobiosos años, aparecían con total normalidad en la revista La Codorniz. A la vista está que  ya no se necesita especialización para hacer chistes. Hoy día son indistinguibles de la realidad. 

martes, 23 de octubre de 2018

Trumpianas

Leo hoy que Trump, que al parecer es hombre que gusta entrar a todos los trapos, entró ayer al de la transexualidad. Dijo que el sexo de una persona es el de su nacimiento. Pues muy bien, nada tengo que objetar a tal apreciación. Pero, por lo demás, por mucho que me horroricen esas intervenciones quirúrgicas que se hacen con la intención de "normalizar" el sexo a algunas personas, mientras no me afecte a mí, allá cada cual con sus cosas que yo ya tengo bastante tajo con las mías. 

Cuando digo cosas, quiero decir patologías. ¿Díganme de alguien que no lleve un buen saco lleno de ellas encima? Y esa del transexualismo me parece que es una de las que menos quisiera para mí o mis allegados. Pero es que cuando, ya, se la trata de corregir con cirugía, el asunto, como decía, me horroriza. Esas partes bajas, tan delicadas, ¿cómo van a quedar? ¿Acaso la nueva vagina va a lubricar como es preceptivo para que no se constituya en un tormento? ¿Y la uretra, con sus esfínteres y todo eso, es que no se va a convertir en fuente inagotable de infecciones e incontinencias? Me parece a mí que el transexuado quizá compré una nueva identidad, pero en el paquete lleva aparejado  un verdadero calvario de disfuncionalidades, por llamarlas suavemente.

En realidad la patología que realmente me interesa en todo este perverso asunto es la de los profesionales de la medicina que practican esas cirugías. Porque he visto cirugías verdaderamente espeluznantes de esas que como se suele decir son a vida o muerte. Son cuestionables desde luego, porque, si no ando equivocado, suelen ser siempre a muerte después de un corto periodo de supervivencia que por lo general es el infierno en vida. Pero es que en este caso de la transexualidad no va de vida y me cuesta admitir que sea ganar el cambiar un sufrimiento psíquico por uno físico. Y sé de sobra que hay locuras que encuentran su punto de débil equilibrio en la automutilación. Una vez tuve un paciente que se llamaba Marciano que cuando nos quisimos dar cuenta se había arrancado los testículos. Y es que, como después pudimos comprobar, había suspendido de motu propio la medicación. 

 No sé, allá cada médico con su visión de la jugada -algunos necesitan jugar a ser dios para curarse-, pero servidor por nada del mundo recomendaría a nadie semejante terapia. Me parece el típico despropósito con el que se busca una identidad diferenciada. Uno más entre los millones que hay, pero de los más salvajes. Y más teniendo en cuenta que para combatir los sufrimientos psíquicos tenemos hoy día un arsenal químico que ni que le hubiese fabricado el mismo dios. Pero, en fin, la vida, la vida es, que cantan los Pata Negra, y basta que Trump diga una cosa...

lunes, 22 de octubre de 2018

Piedras de Salamanca



En Salamanca, mires para donde mires, siempre aprendes algo. En esta foto del centro de la fachada de San Esteban se me antoja que está escrita media o acaso las tres cuartas partes de la historia de la humanidad. Lo que queda fuera de ella apenas da para un cuento de hadas. 

No nos hagamos ilusiones, lo que predomina en el ser humano desde que empieza a sentir es el gusto por la lapidación. Contemplen si no lo creen la fruición con la que esos ciudadanos ejemplares arrojan pedruscos al objetivo señalado por la justicia popular representada en este caso por las sinagogas como podría haber sido cualquier otra institución que se defiende del santo que la cuestiona. 

Leí en una novela que creo se titulaba "El volador de cometas" que en el Afganistán gobernado por los talibanes los aficionados acudían a los partidos de fútbol con un saco de piedras porque en los descansos venía lo mejor: entraba en escena un bulldozer que hacía un hoyo en un costado del campo, ponían en él a una mujer, adultera decían, e invitaban al respetable a arrojar sobre ella las piedras que habían traído. Cuando consideraban que estaba ya suficientemente triturada tapaban lo que quedaba del hoyo con tierra y continuaba el partido.

Ese es el quid de la cuestión que cuando andamos jodidos por lo que sea lo primero que nos pide el cuerpo es lapidar a alguien. Y no hace falta mentar a Shopenhauer para reconocer que la vida si es algo es sobre todo jodimiento.  Así que imagínense el trabajo que tenemos por delante para conseguir doblegar, o siquiera disimular, esa pulsión imperante. Aunque a decir verdad, el conseguir doblegarla del todo es una quimera. Y disimularla, pues a poco que se rasque ahí que sale la saña en todo su esplendor. 

En fin, no se tomen a mal estas cosas que les digo. Más bien piensen que fue precisamente de este mismo lugar de la imagen que les muestro de donde salió el primer derecho de gentes, Francisco de Vitoria mediante, del que la humanidad tiene noticia. Y es que dificílmente se pueden dejar de lado las piedras arrojadizas si lo primero que ves cada mañana al salir de casa no es un recordatorio del mal uso que puedes hacer de ellas a nada que se te calienten los sesos. 

domingo, 21 de octubre de 2018

Más allá de las estrellas




Ahora, de un día para otro, vas y te enteras de que si quieres leer a los articulistas de ABC tienes que inscribirte, es decir, dar tus datos personales. Supongo que es un eufemismo, porque a buen seguro que ya saben de sobra hasta cuando y con qué frecuencia me la casco, pero se ve que quieren ir por lo legal. Pienso pasar y conformarme con las diez primeras líneas de los artículos que dan en abierto. En realidad, ¿me pueden decir ustedes de un artículo de opinión que no tenga toda su enjundia en las diez primeras líneas y de un libro tipo ensayo en el que no tenga toda su sustancia en las diez primeras páginas? Así es que hoy voy y miro el de un tal Luis Ventoso que es de los pocos que suelo leer y comienza así:

"Las sociedades más prósperas del planeta están siendo víctimas de una epidemia de hedonismo, que lleva aparejado un creciente desinterés por la obra común que impulsa a las grandes naciones. La adolescencia mental se ha expandido tanto que casi empalma con la jubilación. El primer mandamiento es disfrutar."

¡Acabáramos! Entonces, ¿qué es lo que nos propone este señor, un mundo de gente madura que se queda en casa a leer y comer vegano? A ciencia cierta que no ha leído el Elogio de la Estulticia de Erasmo. Porque nadie que lo haya hecho puede dejar ya, por siempre jamás, de dar gracias a la inmensa estupidez que lo impregna todo para así darle la necesaria estabilidad que garantiza su supervivencia. 

Un adolescentado hedonista, que lo sepa este señor, es un verdadero chollo. Con un pequeño esfuerzo publicitario se le trae y se le lleva por donde haga falta incrementar el consumo para que no decaiga el empleo. Bares, restaurantes, hoteles, aviones, coches... ¡imagínense la catástrofe natural consiguiente al uso racional de todas esas cosas! A dios gracias, Pessoa sólo hay uno y encerrado bajo siete llaves. ¡Pues no nos faltaba más que a la gente le diese por pensar como a él que una puesta de sol es exactamente igual verla desde la ventana de tu casa que desde una playa en Bora Bora. Pues no, mira, que tú vayas a Bora Bora, con todas las molestias que eso supone, a verla es una bendición para el mundo porque de lo contrario mucha gente en vez de estar ocupada sirviendo comidas y copas y haciendo camas y despachando billetes, etc., estaría pensando en a quién matar para apoderarse de su ración de comida. ¿O es que no ven ustedes documentales sobre lo que pasa en el Serengueti?

En fin, curioso el mundo que hay más allá de las estrellas. 

viernes, 19 de octubre de 2018

Quejío

 ¡Juau, juau, juau! Los niños andaluces van dos años por detrás de los de Castilla y León. Por supuesto que nada tiene que ver con que en un lugar sean naturalmente de izquierdas y en el otro de derechas. Eso sería una simplificación impropia en un primate evolucionado. Las cosas de este tipo tan esencial siempre son por algo más profundo. Y vendría bien desentrañarlo.

A mí Andalucía me cae de madre aunque sería el último sitio de España que escogería para vivir. Si bien es verdad que a estas alturas debe haber sitios allí tan cosmopolitas como el que más. Pero miro de vez en cuando su televisión y compruebo que arrastran un atraso atávico, con un folklorismo seborreico que lo impregna todo. Hasta al tipo que presenta un programa cultural dan ganas de meterle en un baño de agua hirviendo para sacarle la sarna garcialorquiana. ¡Cuanta palabra en vano!

Quizá la enjundia de esas diferencias haya que buscarla en sus músicas. En Castilla predominan las jotas que suelen cantar los amores casquivanos de las mozas. Sobre todo de la molinera que por un buen polvo no te cobra la maquila. Claro, viene de lejos, sólo hay que mirar a los pornográficos canecillos que adornan los aleros de sus viejas iglesias. Sin embargo en Andalucía lo suyo es el "quejío" que hay que reconocer que lo bordan. Hasta tal punto que quizá sea su más exportado producto: sólo en Japón hay unas treinta y cinco mil peñas flamencas con su andaluz cada una sentando cátedra de quejumbroso. Pero nada es porque sí, que ya se lo dijo Rosaura a Clarín cuando andaban perdidos por aquellas peñas: "No quise darte parte/ en mis quejas, Clarín, por no quitarte/ llorando tu desvelo,/ el derecho que tienes al consuelo,/ que tanto gusto había/ en quejarse, un sabio decía,/ que a trueco de quejarse,/ habían las desdichas de buscarse."

Y ese es el secreto de toda la cuestión, que los andaluces, por tal de conseguir gasolina para sus maravillosos "quejíos" se tienen que pasar el día cultivando desgracias. Y la más asequible de todas, sin duda, es la que se deriva de no meterles la adecuada caña a los niños. Si uno ve su televisión puede comprobar como los niños allí trasnochan hasta el amanecer dándole a la copla lastimera. O sea, preparándose para ir a Japón o a Filandia, que también allí les gusta mucho el cante marismeño. En fin, una opinión como otra cualquiera con la que sólo he pretendido ayudar a comprender el porqué de que pase lo que pasa porque las cosas son como son.  

jueves, 18 de octubre de 2018

La tarea cumplida

Leo una noticia en ABC que me paree que tiene su miga por aquello de que si no quieres caldo, toma taza y media. Cuenta que en una visita que el embajador de la España de la Transición  hizo a Ronald Reagan para lo de la preceptiva foto, lo cual solía durar dos o tres minutos y a otra cosa mariposa, en esta ocasión duró unos quince ya que el Presidente americano se mostró muy interesado en saber más acerca del General Moscardó y su defensa del Alcázar de Toledo. Por lo visto lo consideraba una gesta histórica de primera magnitud, cosa que, de haberse sabido, ni te digo las resonancias que podría haber tenido en aquella España que para reconciliarse puso como primera condición dar la vuelta al calcetín de la Historia cambiando las ridiculeces franquistas por las acaso mayores ridiculeces republicanas. 

Tengo un recuerdo muy vago de haber visto al General Moscardó en la capilla del Gran Hotel del Balneario. Como mi padre trabaja allí, yo merodeaba por el lugar como si fuese una mascota esperando a que terminase y me llevase a casa en coche. De vez en cuando entraba en la administración y me ponía en un rincón a escuchar. Era normal que estuviesen allí de tertulia un par de ministros, un obispo y algún general laureado. El Balneario, por las razones que fuese, se había convertido en una especie de Lourdes contra los estragos del tabaco y por tal era que, dado lo que se fumaba entonces y la proclividad que había a creer en los milagros, no faltase clientela de entre lo más granado del Régimen. En cualquier caso, aquella gente importante, si no me traiciona la memoria, hablaba fundamentalmente del tiempo. Y para las dudas al respecto, allí tenían a Poli, un vasco de Eibar que no se quitaba la chapela ni para dormir, que venía todos los veranos desde mucho antes de la guerra a vender bisutería toledana en el porche. Nadie entraba o salía al recinto sin recabar su opinión y allí estaba yo ejerciendo de notario para que nada de toda aquella sabiduría eibarresa se perdiese... como si hubiese sido Platón escuchando a Sócrates. 

De aquel recuerdo vago que les decía, lo más nítido es quizá los aspavientos que mientras atendía la misa hacía el buen señor. Supongo que serían tics que no podía controlar y, claro, eso a los niños les llama mucho la atención. Y por eso sería que al comentarlo yo con alguien me enterase de que aquél señor hacía aquellas cosas raras seguramente por todo lo que había tenido que sufrir para defender el Alcázar, porque, entre otras cosas, por no querer rendirse los enemigos le habían matado a un hijo. Era la misma historia que se contaba de Guzmán el Bueno, ejemplo máximo de patriotismo donde les hubiese. 

Y mira tú por donde, ahora nos enteramos de que RonaldReagan, el Presidente más querido de los  norteamericanos según todas las encuestas -y más vilipendiado por El País según todas las hemerotecas-, tenía en muy alta estima la gesta protagonizada por Moscardó. Me imagino que sería por sus concomitancias con toda aquella épica holliwoodiense de los fuertes asediados del Far West. Desde el Alamo a Fort Apache, anda que no hemos pasado tardes recreándonos con la tarea cumplida del héroe.     

miércoles, 17 de octubre de 2018

Superfluídos

Andaba de espera por los jardines de la biblioteca Miguel de Unamuno y no podía apartar la vista de una adolescente que no paraba de morrearse con su perro. Sin duda se lo estaba pasando pipa y pude imaginármela llegando a casa sin otra cosa en la cabeza que la de ir corriendo a cambiarse de bragas porque a buen seguro le debían estar quedando hechas un patatal por el que ha pasado un ejército tras una semana de lluvias intensas. Nada raro, por otra parte, porque en esa serie de la que les suelo hablar, uno de los protagonistas, un indio con problemas de definición, tiene una perrita con la que comparte cepillo de dientes y es que, como siempre se están morreando, pues ¿por qué le habría de dar asco? Y eso no es todo, que en el mayor centro comercial de la ciudad hay una tienda de mascotas cuya fachada exhibe un afiche de unos seis metros cuadrados por lo menos en el que se ve al que se supone veterinario por su bata blanca y fonendo al cuello, con la cara arrobada porque un perrazo le está lengueteando la boca. Y termino, por no cansar, recordando que la última vez que vi un telediario de una tele española, hace bastantes años ya, quedé consternado viendo como un perrazo le lamía la boca a un bebé mientras sus padres miraban embelesados y el locutor explicaba los efectos beneficiosos de tal asquerosidad... para mí que soy un tarado.  

Sí, es cierto que cada tiempo tiene su afán. Hace no muchos años meter mano a los niños no suscitaba mayores contratiempos. Yo estuve en dos colegios religiosos y en los dos había entre la plantilla de profesores un nutrido cupo de pederastas. Y no pasaba nada más allá de las conversaciones en tono jocoso que manteníamos los ya adolescentes en los recreos. Nos pitorreábamos de los compañeros que eran el objeto de la lascivia de los curas piporros, que así llamábamos a los pederastas. Y por otra parte, los padres, o las autoridades educativas, que es impensable que no estuviesen al tanto del jueguecito, no decían ni mu. Sería, supongo, porque no veían nada censurable en ello. Al fin y al cabo, también Sócrates le daba al asunto.   

Es la sexualidad, señores, de la cuna a la tumba, que no hay armario con cien cerrojos que sirva para encerrarla. Es, y perdonen que vuelva al pozo de la Antigua Grecia, como cuando Dionisos se escapó por arte de birle-birloque de la cárcel de máxima seguridad en la que le había encerrado Penteo. Como los neutrinos que atraviesan las paredes como si fuesen aquel rayo de luz que pasaba a través del himen de la Virgen María sin romperle ni mancharle, la sexualidad se ríe de las convenciones, las leyes y todas las demás camisas de fuerza que le quieren imponer los que no nos quieren libres para ser más libres ellos. La ponen un dique por aquí y sale por allá. Como si fuese un superfluido. ¿Han visto lo que pasa con el helio licuado a temperaturas próximas al cero absoluto? Escala las paredes del recipiente en el que se le quiere encerrar y escapa por los bordes. Es un fenómeno sorprendente. En fin, la física de las cosas que en llegando a cierto grado de desentrañamiento es muy difícil distinguirla de la magia. ¡Que se lo digan si no a la niña que se morreaba con el perro o a aquel hermano de Lasalle que llamabamos el Pato que veía a un niño de Sardinero con sus pantaloncitos cortos y se ponía de inmediato a babear! 

martes, 16 de octubre de 2018

Salir del pozo

En un momento determinado de uno de los episodios de The Big Bang Theory, Sheldon Cooper le dice a su novia Amy Farrah Fowler cuando ésta se pone a hablar de Hermes: sal ya del pozo de la Antigua Grecia. Y me hizo pensar. Porque quizá ese viejo tronco en el que algunos seguimos empeñados en apoyar nuestras lucubraciones ya no sirva para soportar el peso de las nuevas adquisiciones del conocimiento: la teoría de la relatividad, la incertidumbre cuántica o, como señaló sabiendo de lo que hablaba Feynman, la absurdidad de los comportamientos de la naturaleza a sus niveles más íntimos. Sí, seguramente, a estas alturas de la historia del saber sea mucho más apropiado apoyarse para razonar, como hacen los protagonistas de esa serie, en la mitología emanada de, entre otras, la serie Star Trek que, por lo que pude comprobar cuando la vi, conserva mucho de las Guerras del Peloponeso de Tucidides -porque seguramente es imposible salirse de eso-, pero añadiéndole el toque mágico que emana de la física cuánticorelativista. 

Así que esa es posiblemente, o mejor probablemente, la cuestión, que nuestro sistema de pensamiento se ha quedado viejuno como se dice ahora. Y es que, sí, conseguimos escapar de la caverna, pero eso ya sirve para poco si no logramos subir a las estrellas para ver desde allí el mundo. O por las lentes del CERN, que tanto da. Es otra dimensión que exige cuestionarse demasiadas cosas, empezando por la que quizá sea la más problemática de todas: la tarea del héroe. Aceptar un nuevo santoral que empieza por Demócrito, sigue por Galileo y Newton, pasa por Einstein, Dirac y demás tropa, para acabar en el Dr. Spok. 

Beno, creo que me he pasado de vueltas, pero que nadie me discuta que esta realidad oficial en la que vivimos es una auténtica patraña que solo se sustenta en la ignorancia generalizada de que somos unos ignorantes. 

lunes, 15 de octubre de 2018

Un buen culo

Hay un chaval que cuelga vídeos de divulgación de física teórica en Youtube al que suelo seguir. La razón de mi interés por él es que me gusta su concepto de la divulgación. Nada que ver, por ejemplo, con la que encontrabas en aquellos libros de Asimov que leías y leías pensando que te estabas haciendo sabio y al final acababas por darte cuenta de que en realidad eran como pretender alimentarse con agua que al rato la meas y sigues teniendo el mismo hambre si no más. Este chico sostiene, con toda razón a mi juicio, que la física sin matemáticas es una quimera y por eso sus conferencias hacen incapié en ellas y el que no lo soporte que se vaya. Así todo tiene miles a cientos de seguidores. 

Pues bien, el caso es que estaba viendo uno de sus vídeos llamado Grupos, simetrías y el teorema de Noether y le estaba siguiendo con bastante soltura gracias, todo hay que decirlo, a mis recientes adquisiciones matemáticas, pero, sin embargo, había algo que me irritaba y no era otra cosa que la profusión con que intercalaba tacos, hostias para arriba, cojones para abajo, la verdad es que no ayudaban para nada a mantener la necesaria concentración. Así que paré y le escribí un comentario en el que le señalaba la perdida de elegancia que esos tacos producían a sus por otra parte magníficas disertaciones. Touché.

Al cabo de unos días vi otro vídeo suyo en el que se excusaba por las palabrotas y prometió borrarlas. Me alegré de su capacidad para el encaje y lo achaqué a su indudable inteligencia privilegiada. Y seguí escuchando con deleite. Entonces, al llegar a lo de el teorema de Noether y querer hacer un pequeño preámbulo de alabanza a la autora señaló el doble mérito que tenía al haber desarrollado su trabajo en una sociedad tan machista como era la alemana de principios del XX. ¡Vaya por dios, cómo una persona tan sabia para lo más difícil puede ser tan necia para lo elemental!

Y es que esa es la condición humana, que por mucho que uno se esfuerce nunca desaparece la inseguridad que nos proporciona encontrar dificultades para trasmitir el ADN. Un tío sabio, pero feucho lo tiene complicado. Y más si la sabiduría no le hace rico en dinero. Por eso, pienso, el chaval del que les hablo deposita sus esperanzas de ligar en la cosa de la empatía que es como ahora llaman al apuntarse a las modas del momento. Así, condenar el machismo, esa especie de éter que llena el actual vacío de certezas, seguro que es genial para ligar en los bares de copas de Malasaña o donde sea. 

En fin, a lo que iba, que sí, que aprender cosas, cuanto más complicadas mejor, es estupendo para la autoestima, pero donde estén unas dotes naturales para trasmitir el ADN que se quite todo lo demás. Un buen culo en definitiva. 

jueves, 11 de octubre de 2018

El cupo

No me importa reconocer que soy un tarado mental. De hecho como tal estoy diagnosticado por el sistema nacional de la salud. Y no estoy recluido en un psiquiátrico porque hace años se llegó a la conclusión de que la mejor terapia -y más barata- para los locos aparentemente inofensivos es abandonarlos a su suerte. Así, yo, mientras no tenga que andar entre más de cuatro o cinco personas me defiendo divinamente. Más allá de esa cifra me empiezan a brotar las pulsiones suicidas... o, por qué no, asesinas. Sí, entonces, lo paso francamente mal: el corazón se me desboca, me entran sudores y temblores... como le pasaba a Amelie Nothomb cuando trabajaba en aquella empresa japonesa (Stupeur et tremblements), y me perdonen el culteranismo, pero es que ese es otro de los síntomas de mi locura. 

Así es que, lo que natura quita por un lado te lo da por otro. Y por eso cuando estoy en el petit comité de mis próximos soy bastante feliz. Entonces, no echo absolutamente nada a faltar por un buen rato, justo hasta que salta la alarma de la primera repetición y me entran unas ganas enormes de escapar a renovarme en la soledad de mi habitación que, para mi, es la expresión más acabada del mundo mundial: todo lo abarco... hasta lo inconfesable. 

El caso es ese, que ahora, cuando cae la noche, le toca el turno a una serie con cuyos personajes me identifico como no me había identificado desde que vi, ya va para treinta años por lo menos, Northem Exposure. Estos de ahora son unos frikis que les gusta exactamente lo mismo que a mí: estar a solas entre ellos y en los ratos intermedios intentar satisfacer su curiosidad insaciable: el mundo, su estructura y sus pasiones por dentro. Lo del mundo alrededor parece serles ajeno. Como son muy cultos saben de sobra que si la logística funciona todo lo demás es accesorio. 

El mundo por dentro es lo que importa. Cómo está constituido. Qué herramientas se necesitan y cuales de ellas poseo para llegar a lo más íntimo. En qué medida soy capaz de acercarme a la comprensión de su estructura. Francamente, me siento tan dolorosamente limitado que lo único que quiero es soledad para no poder decir más tonterías. Porque me parece que, de eso, ya agoté mi cupo.  

miércoles, 10 de octubre de 2018

Capital humano

Hay noticias realmente estremecedoras que, sin embargo, como quien oye llover: ni puto caso. Y digo estremecedoras porque esas sí que representan las auténticas revoluciones en el sentido utópico del término. Después de eso, ¿qué? 

A lo que me refiero es a esa realidad sorprendente de países como Corea del Sur, Singapur o Taiwan en los que el 80% de su población adulta tiene una titulación académica superior. 

Taiwan, 36000 Km2 -poco más de una tercera parte de Castilla y León-, 24 millones de habitantes, permanentemente sometida a tifones, terremotos y demás regalos de la naturaleza y ni una sola noticia en años de que allí pasen cosas desagradables. Y es que a la gente allí la educan para estar a lo que está. Ya, en los informes Pisa, si no la primera es la segunda o tercera. Y luego, claro, el esfuerzo mental se retrata en la renta per cápita, casi el doble de la española. 

Corea del Sur viene a tener la extensión de Castilla y León para una población que ronda los 52 millones. La renta per cápita también casi dobla la nuestra. Y es verdad que Corea sí que da qué hablar, pero es que según tengo entendido, los coreanos -no aquellos que iban a trabajar al País Vasco en los años cincuenta- tienen de natural un componente friki que no pueden controlar. Pero ahí han estado aguantando el tipo con sus descarriados hermanos del norte hasta que, según parece, han conseguido llevarles al buen camino. Y esperen un poco para ver, porque, según cuentan, lo del Norte tiene la mecha encendida y todo parece indicar que de aquí a diez años será como el Sur si no más porque la disciplina férrea se les supone y eso es gasolina suplementaria. 

De Singapur no hay ni que hablar porque todo el mundo sabe ya que es el modelo más acabado de ciudad que hay en el mundo. Con decirles que allí, ni se puede comer chicle, ni los perros pueden mear en la calle, no digo ya cagar... y primera, segunda o tercera, intercambiando siempre con Corea del sur y Taiwan, en las evaluaciones de PISA. O sea, en resumidas cuentas, que cuadriplican nuestra renta per cápita. 

Pero no se engañen con ese 80% de titulados universitarios, porque no sólo es la cantidad, es sobre todo la calidad. Sus sistemas educativos enseñan por encima de todo a pensar. Y por eso allí no proliferan como en otros sitios los engendros políticos tipo "soluciones fáciles para problemas complejos". No, la cosa en esos países no va de "sabérselo montar" como solemos presumir aquí. Allí dan el callo hasta la extenuación para conseguir la excelencia, algo que desde los clásicos griegos sabemos que es la esencia del sentirse vivo. 

El caso es que, volviendo a lo de nuestro "sabérselo montar" leo hoy que el creador del informe PISA ha dicho que las leyes educativas de España son casi del siglo XIX. ¡Acabáramos! Donde vamos a encontrar mejor explicación a lo que pasa en la calle. Nada más salir lo primero que veo es que las columnas que sostienen los soportales tienen un zócalo o friso inferior de inmundicia perruna y eso por no hablar del suelo en donde todo el mundo tira lo que le sobra más lo que se le cae y no recoge: no hay espejo que nos retrate mejor. Dice, el citado creador del informe PISA: "Los alumnos españoles son buenos al reproducir los contenidos de las asignaturas. Pero son menos buenos al aplicar su conocimiento de forma creativa y tener una idea conceptual y profunda de lo que aprenden. El aprendizaje se centra en la memorización, faltan estrategias de pensamiento complejo."

En fin, no hace falta fijarse en Sánchez, Urqullu, Torra, Iglesias y demás para darse cuenta de que nuestro problema es exactamente de incompetencia para el pensamiento complejo. Basta salir a la calle y, como les decía, mirar hacia abajo y ver como está.  

martes, 9 de octubre de 2018

Vox populi

Me han contado que ha fructificado por ahí con mucha alharaca el enésimo engendro basado en el cotolénguico principio "soluciones fáciles para problemas complejos". ¡Y qué le vamos a hacer si así es el razonar de 90% por lo menos del género humano español! O sea, el mismo porcentaje exactamente que ve pasar la vida y venir la muerte tan callando apoyados con laxitud en la barra de un bar. 

En España, y en el mundo en general, y a todo lo largo de la Historia, de ese tipo de engendros los ha habido y los hay y los habrá, para dar y tomar. Es inevitable: nadie que no haya sido favorecido por los dioses con un cierto grado de excelencia mental y, por añadidura, haya realizado el esfuerzo de estudiar a los clásicos en su más amplio sentido, está dotado para soportar la inseguridad que proporciona una vida regalada. El torpe e iletrado, y rico por demás, ese noventa por ciento que les digo, se muere de miedo al contemplar todo lo que tiene y no se le ocurre mejor cosa que  poner alarmas y perros por todas las partes para ahuyentar a los ladrones. Es la lógica de cotolengo. 

Así que tampoco es que nos vayamos a alarmar ahora porque aparezca uno más... de lo mismo. Por más que se digan a si mismos fachas. Porque más fachas que los de Podemos o los del PNV o los mismos socialistas y, si me apuran, los mismos populares, no creo que vayan a poder ser. Todos, en esencia, están en lo mismo, ofreciendo duros a cuatro pesetas para engañar a los votantes y hacerse con los jugosos sueldos del poder institucional. Y todos, también, cuando se ven como el animal acorralado, se vuelven rabiosos y ofrecen los duros no a cuatro sino a tres o dos o, incluso, los regalan. 

En fin, nada de lo que preocuparse porque por mucho pillo que haya, de momento, las cosas de comer funcionan y si, por lo que sea, dejan de funcionar, como le gustaba decir a mi padre, de inmediato viene Paco con la rebaja. O sea, misa por la mañana, rosario por la tarde y los domingos a los toros con minifarda. Y a follar en los seiscientos y a conspirar en los bares, pero de votar, nada de nada. ¡Uf, qué alivio!

lunes, 8 de octubre de 2018

Pardillismo

Ronald Reagan fue Presidente de los EEUU de América durante casi toda la década de los 80. Fueron mis años cuarentones, justo cuando empecé a vivir por mi cuenta. Hasta entonces había sido fiel al pardillismo ideológico, o sea, esa adscripción natural para todos los que por carecer de gracias especiales buscan atajos equivocados -pleonasmo- para ligar. El caso es que aquella adscripción incluía en sus tablas de la ley la lectura obligatoria diaria del correspondiente catecismo so pena de ser expulsado del paraíso de los justos. Ya se pueden imaginar que se trataba de El País. Bueno, el empezar a vivir por tu cuenta y tambalearse las convicciones postizas -otro pleonasmo- todo es una. Pero no nos engañemos porque estas cosas no pasan de la noche a la mañana: necesitan por lo menos una década para rascar toda la mugre.

Esa década de los ochenta en la que Reagan fue Presidente y yo seguí leyendo El País, si bien con un progresivo distanciamiento ideológico que se trasformaba en asco vital al llegar a los artículos escritos por los catalanes de guardia. ¡Qué gran favor nos ha hecho esa gentuza catalanufa! Sin ellos, sin duda, muchos hubiésemos tardado más en abrir los ojos. En fin, como sea, porque a lo que quería llegar es a la información que a diario nos llegaba desde ese periódico acerca de las andanzas y opiniones del tal Reagan. Siempre era lo mismo, un reaccionario filonazi al que se le podía perdonar en parte porque era algo así como entre analfabeto y corto de entendederas. Como la mayoría del pueblo americano por otra parte. Habría que hacer al respecto algo parecido a lo que ha hecho Arcadi Espada con lo de los trajes del expresidente valenciano Sr. Camps. Encontraríamos a lo largo de esa década cientos de portadas contando mentiras sobre Reagan muy del gusto de los fieles a la causa del pardillismo. Y cuanto mejor iban las cosas para los americanos más arreciaban las mentiras y más se fanatizan los necios. 

Y en esas estamos. Ahora le toca el turno a Trump que, desde luego, hay que reconocer que es el Presidente más friky que hemos conocido, lo cual para nada quiere decir que sea el peor y a los hechos hay que remitirse. EEUU va como un cohete. Apenas hay parados, la bolsa y el dolar no cesan de subir y, lo más significativo de todo, las grandes corporaciones inversoras sacan sus capitales de los países emergentes y de Europa y se lo llevan allí. Y El País, dale que te pego, incitando al pardillismo ideológico a poner velas a las erinias para que los americanos se la peguen. Para partirse. Y sin remedio en la botica. 

En definitiva, el pardillismo que no cesa. Será, supongo, porque está en los designios de la naturaleza.       

domingo, 7 de octubre de 2018

Mucha confusión

Si alguien me preguntase por dónde se encuentran los orígenes de los males que en estos momentos aquejan a España -que tampoco son tantos- lo tendría claro: El País y La Vanguardia, los dos órganos de propaganda de la más estúpida, perniciosa y sibilina de todas las patologías del espíritu, el supremacismo. Los de El País llevan cuarenta años dándole al pandero de la superioridad moral de la izquierda. Los de La Vanguardia, desde ni se sabe a la superioridad étnica de los catalanes. 

Supongo que el sentirse superior a los otros es algo consustancial a la naturaleza humana. El que dice que el no ve chusma por ningún lado es porque no para de ver fachas. El pobre no sabe que está en las mismas: sintiéndose superior. Supongo que privarse de tal sentimiento sería para la mayoría mediocre quedarse sin recursos para apuntalar la autoestima. Somos así y lo único que podemos hacer para paliar sus efectos indeseables es reconocerlo y llevarlo con una mezcla de discreción y cinismo, es decir, a solas consigo mismo. 

En realidad no hace falta haber leído a Freud o similares, para caer en la cuenta de que en la base del supremacismo no hay otra cosa que un complejo de inferioridad. Y, claro, el que se siente así tiene dos opciones: una, dura, sentarse en una mesa a estudiar; dos, blandengue, compartir sentimientos en el rebaño. Que no por otra cosa es que siempre ha habido y habrá socialistas y catalanes, o similares, porque no hizo la naturaleza la cabeza de todos para las opciones duras. 

 Bueno, todos tranquilos porque, por muy molestos que sean, sabemos por experiencia que tanto catalanes como socialistas, por más que ganasen alguna batalla, han perdido todas las guerras. Y las seguirán perdiendo por los siglos de los siglos por razones obvias: no son lo que se creen que son. Están confundidos, lo peor que le puede pasar a cualquiera en definitiva. 

Por cierto, les voy a trascribir unos párrafos de un artículo de Juan Abreu a propósito de otro artículo de Arcadi Espada que levantó mucho revuelo porque llamaba maricón a un político catalán charnego y le invitaba a que le comiese la polla:




"ME ENCANTA la palabra maricón, es fantástica. Y me gustan los maricones, suelen ser más sexualmente libres, y para mí la libertad es el bien supremo. No hay que limitarse sexualmente, limitarse sexualmente es atrofiar nuestra humanidad. Menciono esto porque hace poco, algunos empleados de este diario se ofendieron y escandalizaron cuando el periodista Arcadi Espada escribió mariconazo y polla en una columna. Qué atrasados, me dije. Y qué equivocados acerca de lo que es realmente ofensivo.

Maricón, no es una palabra para ofenderse. En la vida hay que tener muy claro qué es ofensivo y que no. Es fundamental. Hay que ofenderse por ejemplo si te dicen fidelista, o rojo (rojo es una palabra muy ofensiva téngase en cuenta la carga de tortura, muerte e iniquidad que acarrea). Yo hasta si me dijeran socialista me ofendería, la verdad. Pero. ¿Maricón? Maricón no me ofendería nada, no es para ofenderse maricón. Si me dijeran que soy parte de una Revolución, o de un Pueblo entonces sí, con mucha razón, me ofendería. Maricón es una gran palabra. Mis amigos maricones siempre están maricón para aquí y maricón para allá. ¿Pero que se ha creído este maricón? Maricona (lenguaje inclusivo), déjame en paz. Y todo es risas y jolgorio. Yo uso mucho la palabra maricón en mis libros y en mi escritura en general porque es una palabra resonante, llena de connotaciones y repercusiones gozosas. Es escandaloso que alguien crea que ofende, a estas alturas, el uso de la palabra maricón, o que se ofenda si alguien le dice maricón.

Ofensivo es que te digan Garzón. O Puigdemont. Que te digan Puigdemont o Torra(Rufián no tanto porque ese pobre muchacho lo que da es lástima) sí que es algo para ofenderse. Mucho. Si alguien me dijera Puigdemont, o Ábalos, o Torra, o Colau o Urkullu u Otegui (dos caras de la misma moneda, por cierto), me ofendería tanto que, he de ser honesto, tendría que aguantarme para no darle una bofetada. Hay mucha confusión en España a propósito de lo que es escandaloso y ofensivo y lo que no lo es."

sábado, 6 de octubre de 2018

Ambrosero


Hoy viene una tribuna en El Mundo de un tal Francisco López-Seivane que me ha hecho pasar un buen rato. Se titula: Juan de Austria, en pecado concebido. El relato empieza en Ratisbona y termina en Ambrosero. Cuando era niño solíamos ir a la playa de Noja lo que nos obligaba a pasar por Ambrosero. Mi madre, entonces, siempre decía: en esa casa vivió Bárbara Blomberg, la madre de Don Juan de Austria. Y en eso quedaba todo. Bueno, no creo que entre mis compañeros de colegio que pasaban por allí con sus madres camino de la playa hubiese muchos que hubiesen recibido tan culta información. Pero es que tampoco las otras madres habían pasado de adolescentes temporadas, allí al lado, en casa de los Carrero Blanco, en Santoña. Y los Carrero Blanco serían fachas si ustedes quieren, pero nadie les podría negar la condición de cultos, lo cual que como que no sé qué es peor... o mejor. 

También recuerdo haberme muerto de aburrimiento viendo en el cine del pueblo la película Jeromín. Seguramente no era para niños, claro, sino para incentivar el fervor patriótico de los mayores. El caso es que durante muchos años lo único que supe de Don Juan de Austria fue lo de la casa de Ambrosero. Luego ya me enteré de lo de Lepanto y, muchos años después, vi en las Atarazanas de Barcelona una maqueta a escala real de la nave capitana desde la que Don Juan dirigió la batalla. 

La verdad es que mi madre, no sé si por ser amiga de las Carrero Blanco y las Galvarriato o porqué, era bastante cultilla a efectos históricos y era evidente que intentaba trasmitirnos su saber como demuestra que mi hermano a los seis años o así le preguntase un día si ella había conocido a Felipe II. Fue la típica gracia de niño que luego se recuerda hasta la nausea en el ambiente familiar demostrando con ello que hay bastante poca sustancia en el ambiente. ¡Y qué le vamos a hacer, pelillos a la mar! Porque lo que cuenta es que uno, por comparación siempre, ha tenido la suerte de salir de casa con un cierto bagaje de referencias que a la postre han tenido mucha más importancia en los posteriores desarrollos de lo que a primera vista pudiera parecer. 

Y es que, siempre se lo digo a mis hijas en las raras ocasiones en las que les sale la vena quejica: antes de lanzaros a la carga, nunca perdáis de vista de donde venís y con quién os comparáis. Que es lo que yo creo que nunca tenemos en cuenta, para nuestra perdición, cuando opinamos en los estados de serotonina baja. En fin, lo que sea, pero de lo que no cabe duda es de que cuando uno puede entender y, sobre todo, disfrutar un artículo como el que les mentaba al comienzo de esta reflexión es que, sin la menor duda, no le fue tan mal en la vida.

viernes, 5 de octubre de 2018

Antidarwinismo

Leo que en la actualidad hay cuatro millones más de coches que al comienzo de la crisis. Ya saben, la a causa de la burbuja inmobiliaria. En total hay algo más de 31 millones, lo cual si le añadimos los viejos que van en silla de ruedas, los niños en cochecito, los hipsters ya sea en patinete ya en bicicleta,  etc., aquí nadie se libra de ir rodando por la calle. La verdad es que no entiendo por qué se empeñó tanto la naturaleza en querer ponernos piernas si no es para que tengamos más cosas de las que poder quejarnos, porque a ver quién se libra de tener un montón de problemas en ellas a lo largo de la vida. 

Recuerdo que cuando era niño sólo había dos coches en el pueblo, el del médico, un Opel del 33, y el de Childo, que así es como llamaban al taxista, un Ford o así de los treinta en el que bien colocado cabía medio pueblo con su balumba consiguiente. Luego, en verano se añadía el haiga del Pendejo y el rolls-royce de un naviero vasco en el aparcamiento del balneario. También había un par de camiones destartalados que recogían la "lichi" por los diferentes barrios y de paso sus conductores hacían de recaderos y correveidiles. Así, el pueblo era una bendición en el que personas y animales domésticos vivían en armonía y a sus anchas. Al atardecer era inevitable toparte con grupos de vacas que iban a beber al río y por la mañana con los burros con alforjas que utilizaban los que vivían en las cabañas para las cuestiones logísticas. Y el caso era que nadie parecía echar nada en falta. Al menos yo no recuerdo. 

Pues sí, parece ser que en el último año han aumentado en unos 700000 el número de coches matriculados. Admito entre orgulloso y avergonzado el haber contribuido a ello. Una mañana cualquiera transido de desesperación opté por el consumo salvaje como terapia de choque. Y ahí lo tengo, muerto de risa, porque no es que me aburra el conducir, que sí, es que no sé a donde coño ir en él y, por otra parte, que soy consciente de que se me va la olla y no paro de saltarme semáforos... aunque eso en Palencia es muy relativo. 

Pero, en fin, a lo que iba, que en este caso concreto es el órgano el que crea la función contraviniendo descaradamente las leyes de darwinismo más elemental. No sintió el ser humano la necesidad de llevar al perro a cagar a un parque lejano hasta que apareció el coche. Y como eso, todo lo demás. La arquitectura, el urbanismo, el comercio, el ocio, todo ha sido programado en función del coche. Y no porque sea mejor así, ni mucho menos, sino porque es la manera más fácil que se ha encontrado de tener empleada a la gente. Ahora no sé, porque la robótica y demás ha cambiado mucho las estadísticas, pero hace unos años en el mundo desarrollado uno de cada tres empleos era en la industria de la automoción. Y no es que esté yo contra el coche, que me parece un invento maravilloso, como también me lo parece las bombas atómicas sin que por ello crea que las debiéramos estar usando todo el día. 

En resumidas cuentas, que con unos cuantos Childos por barrio nos podríamos arreglar perfectamente para las emergencias. Y para ir de excursión tenemos las piernas y, un poco más lejos, con las bicicletas, y mucho más lejos todavía, con el tren. O sea, que no es por falta de posibilidades de movernos que el coche se haya convertido en una necesidad ineludible, ni mucho menos, es simplemente que, como les decía, el órgano ha creado la función. Antidarwinismo, en definitiva.  

jueves, 4 de octubre de 2018

Diosecillos

Allí donde ha habido humanos no sé si lo primero pero sí de forma temprana siempre ha surgido la idea de dios. Un alguien inaprensible, que todo lo puede por la sencilla razón de que todo lo sabe. En realidad no es otra cosa que la mitificación del conocimiento. Porque saber es aumentar las probabilidades de trasmitir nuestro ADN. No otra es la característica que nos diferencia como especie. 

Así ha sido que hayamos llegado hasta aquí, que no sé si será mucho o poco, pero que, en cualquier caso, la cima sólo está al alcance de unas pocas mentes privilegiadas. Y esta verdad incontrovertible es precisamente el secreto mejor guardado de este mundo traidor en el que como dice el conocido dicterio nada es verdad ni mentira sino todo del color del cristal con que se mira. Y por eso es que a un entrenador de fútbol se le puede denominar sin por ello sonrojarse "el sabio de Hortaleza". Como si en Hortaleza, estoy seguro, no hubiese por lo menos mil o dos mil personas con muchos más méritos para hacerse acreedor a ese superferolítico título. 

Pero da igual, porque el mito no es otra cosa que una fuente inagotable de interpretaciones. Dicho en román paladino, lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Por eso es fácil que cualquier tertuliano de barra de bar o plató de televisión se acerque para la mayoría mucho más a la idea que tenemos de dios que no un físico teórico en las reuniones del Instituto Heisenberg. Es sólo una cuestión de seguridad, porque el mito no admite un dios que duda. 

En fin, me arrastro estos días una vez más por The Feynman Lectures. No sé a donde llegaré porque son como una montaña que a medida que la vas subiendo notas que empieza a faltar el oxígeno y cada paso adelante es un esfuerzo sobrehumano. Y es que, una de dos, o mis condiciones físicas -intelectuales en este caso- no dan para más o bien es que no tuve la paciencia necesaria para el proceso de adaptación en el campamento base. Sea como sea, ahí están mis limitaciones que me alejan con grave peligro para mi ego del anhelo de trascendencia... y eso que mi ADN ya lo tengo trasmitido, gran hazaña.   

 En resumidas cuentas: ser o no ser, tener o no tener, paparuchas todo ello; lo que de verdad cuenta a efectos de divinidad es saber o no saber. Hasta el más garrulo de los humanos, lo habrán observado, se siente dios cuando hace algo que le costó siquiera un poco aprender. Y a ver quién le para luego. Y así corre la vida y por eso cada vez tiene uno menos ganas de salir por ahí, porque hay demasiados diosecillos semianalfabetos sueltos.   

miércoles, 3 de octubre de 2018

Casus belli

Una de las frases más brillantes en lo que a ciencia política hace es aquella que pronunció Borges en la magnífica entrevista que le hizo, creo recordar, un tal Soler y que está colgada en Youtoube: "la democracia, dijo, es un régimen político que funciona allí donde funcionaría cualquier otra cosa". Lo cual no quiere decir, por supuesto, que donde funcionan otras cosas, la tiranía, por ejemplo, que, conviene recordar, en el mundo clásico no tenía ni mucho menos las connotaciones actuales, vaya a funcionar la democracia. 

No tengo ni idea de cual es la situación real en estos momentos en Cataluña, pero me la puedo imaginar a juzgar por lo que vi cuando viví allí: una parte de la sociedad tenía completamente arrinconada a la otra a efectos de chupar del bote institucional. La cosa había comenzado justo el año en el que llegó al poder el "hombre de estado" Jordi Puyol. Aquel año se produjo lo que a mi entender fue la gran catástrofe que está en el origen de estos lodos que ahora nos ahogan: 14000 maestros se fueron de Cataluña. Ni que decir tiene que de inmediato fueron sustituidos por otros que en su inmensa mayoría no tenían otros méritos que los de pertenecer a la cofradía Pata Negra. El "hombre de estado", desde luego, sabía lo que se hacía. Como pude comprobar desde mi situación privilegiada, el mismo día que le alababan su seny, esa cursilada, en Madrid, por cualquier cosa que había dicho, luego se explayaba en la televisión catalana diciendo lo contrario, o sea, que Madrid les robaba. 

Así, en cuatro días lo que se montó en Cataluña fue un régimen fascista que lo hubiese sido en toda regla de haber dispuesto de la capacidad de montar una fuerza de choque al estilo de la guardia republicana iraní. Sí, no podían ir por la calle con una vara en la mano atizando a los que no hablaban catalán. Pero se les notaba demasiado las ganas que tenían de ello. Por lo demás, el aparato del estado lo tenían controlado hasta el último detalle con la propaganda como punta de lanza. No cesaban de aguijonear. Aquello era absolutamente nauseabundo. 

Mientras tanto en el resto de España los grandes sueldos del poder institucional se repartían, más o menos civilizadamente, entre los dos grandes partidos. Los dos sabían que tarde o temprano les llegaría el turno para forrarse y con eso "santas pascuas". La democracia, no se cansaban de repetir, funcionaba a las mil maravillas. Y en ello están aunque ya va siendo difícil engañar al respetable sobre el verdadero intríngulis de la farsa. Y es que se han multiplicado tanto los que quieren vivir del invento que la teta se ha quedado flácida. Pero, en fin, todavía hay inercia para que la cosa vaya sola por una temporada.  

Volviendo a Cataluña, hace unos quince años o así, hubo un día aciago en el oasis fascista imperante: Arcadi Espada, Albert Boadella, Félix de Azúa, y así hasta una docena de personas preclaras, se reunieron en un restaurante de la Plaza Real para contarse sus penas. Y decidieron organizarse y actuar y en menos de dos años ya estaba constituido el partido político Ciudadanos. Media docena de años más y ese partido se había constituido en una amenaza real para el poder hegemónico. Había que actuar porque con las cosas de comer no se juega. Miles y miles de sueldos institucionales que parecían asegurados de por vida de pronto se iban a poner en juego. Por no hablar de los contratos a empresarios de la cuerda que iban a quedar en el aire. La sola idea era insoportable. "Esto siempre ha sido nuestro y siempre lo continuará siendo", dijo entonces en sede parlamentaria el cretino Maragall. Lo dejó más claro que el agua: en Cataluña sólo funciona la mafia. Y si nos disputan el territorio, pues la noche de San Valentín, como en Chicago años treinta. Y eso es todo lo que a mi juicio está pasando, que ha llegado esa noche. 

Por todo lo expuesto creo que el estado de la cuestión es sumamente peliagudo. Tener que repartir lo que me han dicho que me pertenece por derecho divino es inaceptable. Deshacer una mentira que viene siendo verdad desde tan atrás es como querer que la tierra gire del revés. Casus belli en cualquier caso. Y en ello estamos y pongan una vela a San Valentín para que la noche sea leve.  

martes, 2 de octubre de 2018

Jerarquías

Me pregunto que cómo sería el mundo con todos sus rollos sociales y demás si en vez de utilizar todos los esfuerzos mediáticos a ensalzar ad nausean a futbolistas, actores, toreros y profesionales del entertainment en general, dedicasen parejos esfuerzos a la difusión de lo sublime, es decir, la epopeya permanente de la inteligencia humana en su búsqueda de la verdad absoluta acerca de lo que nos constituye. No sé, pero puedo imaginarme el súbito ataque de discrección de ese macarra tan aficionado a invadir el espacio público con sus horteradas al ser consciente de su insignificancia frente a esos señores callados que saben manejar aceleradores de partículas. Porque eso sospecho, que esa chulería con la que el populus exhibe sus cachivaches es producto de su absoluto desconocimiento de hasta que punto es ruin frente el poderío de los que aunan inteligencia y esfuerzo. 

 Porque hay una cosa que me parece evidente: la inmensa mayoría, por mucho que nos esforzásemos, no estaríamos capacitados, por el mero querer de los dioses, para comprender las ecuaciones elementales de la mecánica cuántica. Pero sí, hasta los más cortos de entendederas, podrían tener conciencia de que pueden usar el móvil no gracias a su abuelita que se lo regaló por el cumpleaños sino porque hay unos señores que no sólo comprenden sino que también saben operar con esas ecuaciones hasta sacarlas utilidad práctica. 

En resumidas cuentas, la conciencia de las jerarquías, con el conocimiento erigido en rey y señor de todo lo demás. Entonces, ¿qué pasaría? No sé, quizá viviésemos más callados. O más civilizados, si mejor quieren. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Chusma a gogó

 Hoy, de puro aburrido que estaba, me he dedicado a escudriñar La Vanguardia. En su totalidad está dedicada a ensalzar la insurrección de tal día como hoy el año pasado en Cataluña o lo que es lo mismo a echar leña al fuego de un enfrentamiento que tiene todos los ingredientes necesarios para irse de las manos y acabar como advirtió el otro día la exsecretaria de estado estadounidense Madeleine Albright: esto que está pasando en Cataluña ya lo vimos hace poco en Yugoslavia, dijo. 

Luego, ya, metido en harina, me he ido a El País y más de lo mismo so capa de cal y arena, su verdadera especialidad. Nada de lo que sorprenderse porque como todo el mundo sabe El País está lleno desde sus inicios de catalanes de guardia. Es el mal absoluto ya que, al ir revirado, sus lectores necesitan de una cierta altura de comprensión lectora para no ser víctimas de tan curil persuasión. Pueden estar ustedes seguros que dado el nivel medio de discernimiento  de los lectores de ese diario hoy habrá unos cuantos miles más convencidos de que lo de Cataluña sólo tiene soluciones políticas, es decir, darle más mano larga a la oligarquía de aquella región de España para que mangoneen y expriman a la gente a su antojo. Otra vuelta tuerca hacia el feudalismo medieval en definitiva.

A mí, la verdad, todas estas cosas ya me van importando un carajo y no sólo porque ya me quede poco de aguantarlas. Es que además cada vez estoy más convencido de que a la larga no muy larga se irá imponiendo a las claras el modelo chino de tiranía tecnocrática. Y digo a las claras porque a las oscuras es muy probable que ya estemos en ello. Ahí está esa Comisión Europea que nadie sabe cómo se elige y que a la hora de la verdad es la que nos saca de todos los apuros. Bueno, sin ir más lejos, de tiranía tecnocrática saben un montón los españoles de mi edad libres ya de prejuicios antifranquistas... nos fue de cine salvo en lo del fornicio que creíamos que era por Franco pero en realidad era porque no se había inventado todavía la pilula... y, encima, los jóvenes de entonces pudimos ser rebeldes porque el mundo nos hizo así sin que por ello tuviésemos que renunciar a hacer de todo en un seiscientos.

En definitiva, que lo que aquí cuenta es que los del Instituto de Física Teórica de Madrid necesitan ir al Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona para resolver los cálculos más enrevesados. Por cierto que en este caso lo de Nacional es por España y no por Cataluña como algún ingenuo podría creer. Así que, cuando las cosas están atadas por lo más alto, a los de abajo no les queda más recurso que ese pataleo que  hoy vienen ensalzando con manifiesta desvergüenza La Vanguardia y El País. ¡Qué chusma, por dios!