viernes, 5 de octubre de 2018

Antidarwinismo

Leo que en la actualidad hay cuatro millones más de coches que al comienzo de la crisis. Ya saben, la a causa de la burbuja inmobiliaria. En total hay algo más de 31 millones, lo cual si le añadimos los viejos que van en silla de ruedas, los niños en cochecito, los hipsters ya sea en patinete ya en bicicleta,  etc., aquí nadie se libra de ir rodando por la calle. La verdad es que no entiendo por qué se empeñó tanto la naturaleza en querer ponernos piernas si no es para que tengamos más cosas de las que poder quejarnos, porque a ver quién se libra de tener un montón de problemas en ellas a lo largo de la vida. 

Recuerdo que cuando era niño sólo había dos coches en el pueblo, el del médico, un Opel del 33, y el de Childo, que así es como llamaban al taxista, un Ford o así de los treinta en el que bien colocado cabía medio pueblo con su balumba consiguiente. Luego, en verano se añadía el haiga del Pendejo y el rolls-royce de un naviero vasco en el aparcamiento del balneario. También había un par de camiones destartalados que recogían la "lichi" por los diferentes barrios y de paso sus conductores hacían de recaderos y correveidiles. Así, el pueblo era una bendición en el que personas y animales domésticos vivían en armonía y a sus anchas. Al atardecer era inevitable toparte con grupos de vacas que iban a beber al río y por la mañana con los burros con alforjas que utilizaban los que vivían en las cabañas para las cuestiones logísticas. Y el caso era que nadie parecía echar nada en falta. Al menos yo no recuerdo. 

Pues sí, parece ser que en el último año han aumentado en unos 700000 el número de coches matriculados. Admito entre orgulloso y avergonzado el haber contribuido a ello. Una mañana cualquiera transido de desesperación opté por el consumo salvaje como terapia de choque. Y ahí lo tengo, muerto de risa, porque no es que me aburra el conducir, que sí, es que no sé a donde coño ir en él y, por otra parte, que soy consciente de que se me va la olla y no paro de saltarme semáforos... aunque eso en Palencia es muy relativo. 

Pero, en fin, a lo que iba, que en este caso concreto es el órgano el que crea la función contraviniendo descaradamente las leyes de darwinismo más elemental. No sintió el ser humano la necesidad de llevar al perro a cagar a un parque lejano hasta que apareció el coche. Y como eso, todo lo demás. La arquitectura, el urbanismo, el comercio, el ocio, todo ha sido programado en función del coche. Y no porque sea mejor así, ni mucho menos, sino porque es la manera más fácil que se ha encontrado de tener empleada a la gente. Ahora no sé, porque la robótica y demás ha cambiado mucho las estadísticas, pero hace unos años en el mundo desarrollado uno de cada tres empleos era en la industria de la automoción. Y no es que esté yo contra el coche, que me parece un invento maravilloso, como también me lo parece las bombas atómicas sin que por ello crea que las debiéramos estar usando todo el día. 

En resumidas cuentas, que con unos cuantos Childos por barrio nos podríamos arreglar perfectamente para las emergencias. Y para ir de excursión tenemos las piernas y, un poco más lejos, con las bicicletas, y mucho más lejos todavía, con el tren. O sea, que no es por falta de posibilidades de movernos que el coche se haya convertido en una necesidad ineludible, ni mucho menos, es simplemente que, como les decía, el órgano ha creado la función. Antidarwinismo, en definitiva.  

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