jueves, 4 de octubre de 2018

Diosecillos

Allí donde ha habido humanos no sé si lo primero pero sí de forma temprana siempre ha surgido la idea de dios. Un alguien inaprensible, que todo lo puede por la sencilla razón de que todo lo sabe. En realidad no es otra cosa que la mitificación del conocimiento. Porque saber es aumentar las probabilidades de trasmitir nuestro ADN. No otra es la característica que nos diferencia como especie. 

Así ha sido que hayamos llegado hasta aquí, que no sé si será mucho o poco, pero que, en cualquier caso, la cima sólo está al alcance de unas pocas mentes privilegiadas. Y esta verdad incontrovertible es precisamente el secreto mejor guardado de este mundo traidor en el que como dice el conocido dicterio nada es verdad ni mentira sino todo del color del cristal con que se mira. Y por eso es que a un entrenador de fútbol se le puede denominar sin por ello sonrojarse "el sabio de Hortaleza". Como si en Hortaleza, estoy seguro, no hubiese por lo menos mil o dos mil personas con muchos más méritos para hacerse acreedor a ese superferolítico título. 

Pero da igual, porque el mito no es otra cosa que una fuente inagotable de interpretaciones. Dicho en román paladino, lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Por eso es fácil que cualquier tertuliano de barra de bar o plató de televisión se acerque para la mayoría mucho más a la idea que tenemos de dios que no un físico teórico en las reuniones del Instituto Heisenberg. Es sólo una cuestión de seguridad, porque el mito no admite un dios que duda. 

En fin, me arrastro estos días una vez más por The Feynman Lectures. No sé a donde llegaré porque son como una montaña que a medida que la vas subiendo notas que empieza a faltar el oxígeno y cada paso adelante es un esfuerzo sobrehumano. Y es que, una de dos, o mis condiciones físicas -intelectuales en este caso- no dan para más o bien es que no tuve la paciencia necesaria para el proceso de adaptación en el campamento base. Sea como sea, ahí están mis limitaciones que me alejan con grave peligro para mi ego del anhelo de trascendencia... y eso que mi ADN ya lo tengo trasmitido, gran hazaña.   

 En resumidas cuentas: ser o no ser, tener o no tener, paparuchas todo ello; lo que de verdad cuenta a efectos de divinidad es saber o no saber. Hasta el más garrulo de los humanos, lo habrán observado, se siente dios cuando hace algo que le costó siquiera un poco aprender. Y a ver quién le para luego. Y así corre la vida y por eso cada vez tiene uno menos ganas de salir por ahí, porque hay demasiados diosecillos semianalfabetos sueltos.   

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