miércoles, 17 de octubre de 2018

Superfluídos

Andaba de espera por los jardines de la biblioteca Miguel de Unamuno y no podía apartar la vista de una adolescente que no paraba de morrearse con su perro. Sin duda se lo estaba pasando pipa y pude imaginármela llegando a casa sin otra cosa en la cabeza que la de ir corriendo a cambiarse de bragas porque a buen seguro le debían estar quedando hechas un patatal por el que ha pasado un ejército tras una semana de lluvias intensas. Nada raro, por otra parte, porque en esa serie de la que les suelo hablar, uno de los protagonistas, un indio con problemas de definición, tiene una perrita con la que comparte cepillo de dientes y es que, como siempre se están morreando, pues ¿por qué le habría de dar asco? Y eso no es todo, que en el mayor centro comercial de la ciudad hay una tienda de mascotas cuya fachada exhibe un afiche de unos seis metros cuadrados por lo menos en el que se ve al que se supone veterinario por su bata blanca y fonendo al cuello, con la cara arrobada porque un perrazo le está lengueteando la boca. Y termino, por no cansar, recordando que la última vez que vi un telediario de una tele española, hace bastantes años ya, quedé consternado viendo como un perrazo le lamía la boca a un bebé mientras sus padres miraban embelesados y el locutor explicaba los efectos beneficiosos de tal asquerosidad... para mí que soy un tarado.  

Sí, es cierto que cada tiempo tiene su afán. Hace no muchos años meter mano a los niños no suscitaba mayores contratiempos. Yo estuve en dos colegios religiosos y en los dos había entre la plantilla de profesores un nutrido cupo de pederastas. Y no pasaba nada más allá de las conversaciones en tono jocoso que manteníamos los ya adolescentes en los recreos. Nos pitorreábamos de los compañeros que eran el objeto de la lascivia de los curas piporros, que así llamábamos a los pederastas. Y por otra parte, los padres, o las autoridades educativas, que es impensable que no estuviesen al tanto del jueguecito, no decían ni mu. Sería, supongo, porque no veían nada censurable en ello. Al fin y al cabo, también Sócrates le daba al asunto.   

Es la sexualidad, señores, de la cuna a la tumba, que no hay armario con cien cerrojos que sirva para encerrarla. Es, y perdonen que vuelva al pozo de la Antigua Grecia, como cuando Dionisos se escapó por arte de birle-birloque de la cárcel de máxima seguridad en la que le había encerrado Penteo. Como los neutrinos que atraviesan las paredes como si fuesen aquel rayo de luz que pasaba a través del himen de la Virgen María sin romperle ni mancharle, la sexualidad se ríe de las convenciones, las leyes y todas las demás camisas de fuerza que le quieren imponer los que no nos quieren libres para ser más libres ellos. La ponen un dique por aquí y sale por allá. Como si fuese un superfluido. ¿Han visto lo que pasa con el helio licuado a temperaturas próximas al cero absoluto? Escala las paredes del recipiente en el que se le quiere encerrar y escapa por los bordes. Es un fenómeno sorprendente. En fin, la física de las cosas que en llegando a cierto grado de desentrañamiento es muy difícil distinguirla de la magia. ¡Que se lo digan si no a la niña que se morreaba con el perro o a aquel hermano de Lasalle que llamabamos el Pato que veía a un niño de Sardinero con sus pantaloncitos cortos y se ponía de inmediato a babear! 

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