martes, 23 de octubre de 2018

Trumpianas

Leo hoy que Trump, que al parecer es hombre que gusta entrar a todos los trapos, entró ayer al de la transexualidad. Dijo que el sexo de una persona es el de su nacimiento. Pues muy bien, nada tengo que objetar a tal apreciación. Pero, por lo demás, por mucho que me horroricen esas intervenciones quirúrgicas que se hacen con la intención de "normalizar" el sexo a algunas personas, mientras no me afecte a mí, allá cada cual con sus cosas que yo ya tengo bastante tajo con las mías. 

Cuando digo cosas, quiero decir patologías. ¿Díganme de alguien que no lleve un buen saco lleno de ellas encima? Y esa del transexualismo me parece que es una de las que menos quisiera para mí o mis allegados. Pero es que cuando, ya, se la trata de corregir con cirugía, el asunto, como decía, me horroriza. Esas partes bajas, tan delicadas, ¿cómo van a quedar? ¿Acaso la nueva vagina va a lubricar como es preceptivo para que no se constituya en un tormento? ¿Y la uretra, con sus esfínteres y todo eso, es que no se va a convertir en fuente inagotable de infecciones e incontinencias? Me parece a mí que el transexuado quizá compré una nueva identidad, pero en el paquete lleva aparejado  un verdadero calvario de disfuncionalidades, por llamarlas suavemente.

En realidad la patología que realmente me interesa en todo este perverso asunto es la de los profesionales de la medicina que practican esas cirugías. Porque he visto cirugías verdaderamente espeluznantes de esas que como se suele decir son a vida o muerte. Son cuestionables desde luego, porque, si no ando equivocado, suelen ser siempre a muerte después de un corto periodo de supervivencia que por lo general es el infierno en vida. Pero es que en este caso de la transexualidad no va de vida y me cuesta admitir que sea ganar el cambiar un sufrimiento psíquico por uno físico. Y sé de sobra que hay locuras que encuentran su punto de débil equilibrio en la automutilación. Una vez tuve un paciente que se llamaba Marciano que cuando nos quisimos dar cuenta se había arrancado los testículos. Y es que, como después pudimos comprobar, había suspendido de motu propio la medicación. 

 No sé, allá cada médico con su visión de la jugada -algunos necesitan jugar a ser dios para curarse-, pero servidor por nada del mundo recomendaría a nadie semejante terapia. Me parece el típico despropósito con el que se busca una identidad diferenciada. Uno más entre los millones que hay, pero de los más salvajes. Y más teniendo en cuenta que para combatir los sufrimientos psíquicos tenemos hoy día un arsenal químico que ni que le hubiese fabricado el mismo dios. Pero, en fin, la vida, la vida es, que cantan los Pata Negra, y basta que Trump diga una cosa...

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