También recuerdo haberme muerto de aburrimiento viendo en el cine del pueblo la película Jeromín. Seguramente no era para niños, claro, sino para incentivar el fervor patriótico de los mayores. El caso es que durante muchos años lo único que supe de Don Juan de Austria fue lo de la casa de Ambrosero. Luego ya me enteré de lo de Lepanto y, muchos años después, vi en las Atarazanas de Barcelona una maqueta a escala real de la nave capitana desde la que Don Juan dirigió la batalla.
La verdad es que mi madre, no sé si por ser amiga de las Carrero Blanco y las Galvarriato o porqué, era bastante cultilla a efectos históricos y era evidente que intentaba trasmitirnos su saber como demuestra que mi hermano a los seis años o así le preguntase un día si ella había conocido a Felipe II. Fue la típica gracia de niño que luego se recuerda hasta la nausea en el ambiente familiar demostrando con ello que hay bastante poca sustancia en el ambiente. ¡Y qué le vamos a hacer, pelillos a la mar! Porque lo que cuenta es que uno, por comparación siempre, ha tenido la suerte de salir de casa con un cierto bagaje de referencias que a la postre han tenido mucha más importancia en los posteriores desarrollos de lo que a primera vista pudiera parecer.
Y es que, siempre se lo digo a mis hijas en las raras ocasiones en las que les sale la vena quejica: antes de lanzaros a la carga, nunca perdáis de vista de donde venís y con quién os comparáis. Que es lo que yo creo que nunca tenemos en cuenta, para nuestra perdición, cuando opinamos en los estados de serotonina baja. En fin, lo que sea, pero de lo que no cabe duda es de que cuando uno puede entender y, sobre todo, disfrutar un artículo como el que les mentaba al comienzo de esta reflexión es que, sin la menor duda, no le fue tan mal en la vida.

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