lunes, 22 de octubre de 2018

Piedras de Salamanca



En Salamanca, mires para donde mires, siempre aprendes algo. En esta foto del centro de la fachada de San Esteban se me antoja que está escrita media o acaso las tres cuartas partes de la historia de la humanidad. Lo que queda fuera de ella apenas da para un cuento de hadas. 

No nos hagamos ilusiones, lo que predomina en el ser humano desde que empieza a sentir es el gusto por la lapidación. Contemplen si no lo creen la fruición con la que esos ciudadanos ejemplares arrojan pedruscos al objetivo señalado por la justicia popular representada en este caso por las sinagogas como podría haber sido cualquier otra institución que se defiende del santo que la cuestiona. 

Leí en una novela que creo se titulaba "El volador de cometas" que en el Afganistán gobernado por los talibanes los aficionados acudían a los partidos de fútbol con un saco de piedras porque en los descansos venía lo mejor: entraba en escena un bulldozer que hacía un hoyo en un costado del campo, ponían en él a una mujer, adultera decían, e invitaban al respetable a arrojar sobre ella las piedras que habían traído. Cuando consideraban que estaba ya suficientemente triturada tapaban lo que quedaba del hoyo con tierra y continuaba el partido.

Ese es el quid de la cuestión que cuando andamos jodidos por lo que sea lo primero que nos pide el cuerpo es lapidar a alguien. Y no hace falta mentar a Shopenhauer para reconocer que la vida si es algo es sobre todo jodimiento.  Así que imagínense el trabajo que tenemos por delante para conseguir doblegar, o siquiera disimular, esa pulsión imperante. Aunque a decir verdad, el conseguir doblegarla del todo es una quimera. Y disimularla, pues a poco que se rasque ahí que sale la saña en todo su esplendor. 

En fin, no se tomen a mal estas cosas que les digo. Más bien piensen que fue precisamente de este mismo lugar de la imagen que les muestro de donde salió el primer derecho de gentes, Francisco de Vitoria mediante, del que la humanidad tiene noticia. Y es que dificílmente se pueden dejar de lado las piedras arrojadizas si lo primero que ves cada mañana al salir de casa no es un recordatorio del mal uso que puedes hacer de ellas a nada que se te calienten los sesos. 

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