Cuentan las crónicas que cuando Gorbachov empezó con el asunto aquel de la perestroika, una de las primeras cosas que hizo fue ordenar la excarcelación de dos millones de personas que estaban presas por haber cometido el peor de todos los crímenes de lesa patria: contar chistes de cariz político. Le oí a Ronald Reagan contar algunos de ellos y la verdad es que tenían gracia y un montón de mala leche. Recuerdo que, en aquellas tertulias que se montaban en mi casa de Salamanca, precisamente por los años de la perestroika, una vez apareció un chaval que justo venía de estudiar filología rusa en Kiev. La verdad es que no había forma de hacerle callar. Contaba cosas de la vida de allí que eran bastante espeluznantes. La gente vivía en apartamentos de doce metros cuadrados y si tenían un hijo, haciendo los preceptivos trámites burocráticos, con la consiguiente mordida, podían acceder a uno de catorce. Aquella estrechura obligaba a compartir cocina y baños, lo cual facilitaba a tope la socialización. Según contaba se pasaban el día en la cocina bebiendo vodka, comiendo patatas y contando chistes. Decía que él había llegado a pesar ciento treinta kilos. Aquella riada incesante de chistes, añadía, era lo que había tumbado al régimen.
Aquí, en España, sin necesidad de tantas estrechuras, también tuvimos nuestro lote de chistes cuando lo de la Dictadura. Era, supongo, la forma inteligente de liberar tensiones y adquirir conciencia de la realidad, sobre todo la de sí mismo. No hay que perder de vista que el humor nos psicoanaliza. Y ahí es en donde reside a mi juicio la madre de todos los males que nos están aquejando en estos momentos aciagos para la patria: que se vuelve a encarcelar por contar chistes. Así, nadie osa ya bajar a las profundidades del inconsciente no vaya a ser que, luego, cuando vuelvas con tu carga de nuevas adquisiciones te estén esperando para darte una somanta. Ahora, como no sea en pequeños círculos de absoluta confianza y, sobre todo, del mismo género, ni se te ocurra abrir la boca. Los pobres tienen que ser buenos, los ricos, malos, las mujeres, santas, los hombres, rijosos... está todo perfectamente codificado así que, para liberar tensiones, comer, beber, viajar... y, por las noches, cascártela viendo porno en casa.
Sin duda hace falta una nueva revolución de las conciencias. La lengua absuelta que diría Canetti. Hay que volver a lo de decir en cualquier sitio lo que se te pase por los cojones. No es que eso sea muy inteligente, pero la situación lo exige.
querido Pedro ,te dejo uno de los pocos que siguen siendo incorrectos
ResponderEliminarComo ves,con Humor https://www.youtube.com/watch?v=onaFw77GtMY