miércoles, 31 de octubre de 2018

Judíos

Hay una teoría acerca de las causas del odio a los judíos que yo considero de naturaleza chusmática, es decir, que ha sido elaborada en las sacristías y difundida desde los púlpitos. Pura postverdad, que le dicen ahora, en definitiva. Es esa de que se merecen todo el odio del mundo por haber matado a Cristo. ¡Ya te digo!

El caso es que hoy viene un artículo en El Mundo firmado por el Presidente de las Comunides Judías en España. Y en él se dedica a indagar en las posibles causas de ese odio que es real ya que se ha traducido y traduce en múltiples persecuciones. Bueno, para mí esta cuestión siempre ha sido motivo de especulación sin final posible. Algo como la jodienda que no tiene enmienda. Pero, ¿por qué?

Sea como sea, hay algo que nunca me he podido quitar de la cabeza: algo tienen que estar haciendo mal los judíos para no poder quitarse de encima ese estigma. Y es que en esto sigo la doctrina que nos inculcaba mi padre cuando nos enseñaba a conducir. Cuando íbamos rígidos al volante y nos quejábamos de algo que había hecho el conductor que iba delante o atrás o a un lado, siempre nos quitaba la razón y nos decía que si teníamos un accidente la culpa siempre sería nuestra porque conducir no es sólo lo que haces tú sino, también, adelantarte a lo que va a hacer el que te viene por detrás o de frente. Tus razones, decía, de poco te van a servir si te matas. 

Hay algo en ellos que sin duda me desazona: su incapacidad para diluirse en el todo como han hecho la inmensa mayoría de las comunidades que en el mundo han sido. El mantener una identidad basada en el azar del nacimiento siempre me ha parecido la quinta esencia del chusmismo. Como le decía Alonso Quijano a Sancho Panza, uno no es de donde nace sino por lo que hace. Para mí eso es religión sin ignorar por ello que el origen condiciona, incluso una barbaridad en algunas circunstancias, como pudieran ser las que se dan cuando ves la primera luz en un hogar de ilustrados o, por contra, de iletrados. Lo de diferenciar Pinto de Valdemoro, eso, ya, lo considero simple estulticia. 

Y ahí encuentro un atisbo de posible razón. Lo que diferencia a los judíos de la mayoría de los mortales es la ilustración. Incluso se hacen llamar el Pueblo del Libro. Hay una obsesión en ellos por convertir ese libro en un objeto de especulación. Ya de niños van con sus abuelos a las sinagogas a darle vueltas a los significados de los significantes. Así, al final, se convierten en unos obsesos del lenguaje y, de rebote, pueden hacer todas esas series tipo sitcom con las que acostumbramos a desternillarnos. 

Si, eso creo, el pueblo judío es en definitiva una educación encaminada al dominio del lenguaje. Bueno, en realidad todas las educaciones lo son, lo que pasa es que no todos los métodos son igual de buenos para conseguirlo. Y ya saben lo que le pasa al que consigue triunfar en sus propósitos, que de inmediato se atrae las iras de todos los que fracasan o, simplemente, quedan rezagados. Y de esos polvos...

Ahora bien, lo que me cuesta entender es que gente que demuestra tener tanta inteligencia para tantas cosas no se capaz de comprender aquellas teorías que les decía de mi padre: tan importante es lo que tú haces como prever lo que te puede hacer el que viene de frente. Y es que si ya de entrada te señalas con un diferenciación pues luego atente a las consecuencias. Simplemente soy diferente por pertenecer a algo. Y ya sabemos que nadie se quiere diferenciar para ser menos. Y para ser igual sería un oximorón. Luego el que va de diferente es para ser más. En definitiva, algo sumamente antipático y, como digo, poco inteligente. 

En fin, y digo yo, ¿por qué no podrá esa gente educar a sus hijos en lo relativo al lenguaje como les educa sin necesitar para ello tener ese sentimiento de pertenencia a una comunidad de superiores? Y es que, amigos, nadie es perfecto. Y, al final, lo comido por lo servido: mucha excelencia en los negocios de la vida compensado por mucha leña en las inevitables y siempre turbulentas relaciones humanas.

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