¡Juau, juau, juau! Los niños andaluces van dos años por detrás de los de Castilla y León. Por supuesto que nada tiene que ver con que en un lugar sean naturalmente de izquierdas y en el otro de derechas. Eso sería una simplificación impropia en un primate evolucionado. Las cosas de este tipo tan esencial siempre son por algo más profundo. Y vendría bien desentrañarlo.
A mí Andalucía me cae de madre aunque sería el último sitio de España que escogería para vivir. Si bien es verdad que a estas alturas debe haber sitios allí tan cosmopolitas como el que más. Pero miro de vez en cuando su televisión y compruebo que arrastran un atraso atávico, con un folklorismo seborreico que lo impregna todo. Hasta al tipo que presenta un programa cultural dan ganas de meterle en un baño de agua hirviendo para sacarle la sarna garcialorquiana. ¡Cuanta palabra en vano!
Quizá la enjundia de esas diferencias haya que buscarla en sus músicas. En Castilla predominan las jotas que suelen cantar los amores casquivanos de las mozas. Sobre todo de la molinera que por un buen polvo no te cobra la maquila. Claro, viene de lejos, sólo hay que mirar a los pornográficos canecillos que adornan los aleros de sus viejas iglesias. Sin embargo en Andalucía lo suyo es el "quejío" que hay que reconocer que lo bordan. Hasta tal punto que quizá sea su más exportado producto: sólo en Japón hay unas treinta y cinco mil peñas flamencas con su andaluz cada una sentando cátedra de quejumbroso. Pero nada es porque sí, que ya se lo dijo Rosaura a Clarín cuando andaban perdidos por aquellas peñas: "No quise darte parte/ en mis quejas, Clarín, por no quitarte/ llorando tu desvelo,/ el derecho que tienes al consuelo,/ que tanto gusto había/ en quejarse, un sabio decía,/ que a trueco de quejarse,/ habían las desdichas de buscarse."
Y ese es el secreto de toda la cuestión, que los andaluces, por tal de conseguir gasolina para sus maravillosos "quejíos" se tienen que pasar el día cultivando desgracias. Y la más asequible de todas, sin duda, es la que se deriva de no meterles la adecuada caña a los niños. Si uno ve su televisión puede comprobar como los niños allí trasnochan hasta el amanecer dándole a la copla lastimera. O sea, preparándose para ir a Japón o a Filandia, que también allí les gusta mucho el cante marismeño. En fin, una opinión como otra cualquiera con la que sólo he pretendido ayudar a comprender el porqué de que pase lo que pasa porque las cosas son como son.
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