No me importa reconocer que soy un tarado mental. De hecho como tal estoy diagnosticado por el sistema nacional de la salud. Y no estoy recluido en un psiquiátrico porque hace años se llegó a la conclusión de que la mejor terapia -y más barata- para los locos aparentemente inofensivos es abandonarlos a su suerte. Así, yo, mientras no tenga que andar entre más de cuatro o cinco personas me defiendo divinamente. Más allá de esa cifra me empiezan a brotar las pulsiones suicidas... o, por qué no, asesinas. Sí, entonces, lo paso francamente mal: el corazón se me desboca, me entran sudores y temblores... como le pasaba a Amelie Nothomb cuando trabajaba en aquella empresa japonesa (Stupeur et tremblements), y me perdonen el culteranismo, pero es que ese es otro de los síntomas de mi locura.
Así es que, lo que natura quita por un lado te lo da por otro. Y por eso cuando estoy en el petit comité de mis próximos soy bastante feliz. Entonces, no echo absolutamente nada a faltar por un buen rato, justo hasta que salta la alarma de la primera repetición y me entran unas ganas enormes de escapar a renovarme en la soledad de mi habitación que, para mi, es la expresión más acabada del mundo mundial: todo lo abarco... hasta lo inconfesable.
El caso es ese, que ahora, cuando cae la noche, le toca el turno a una serie con cuyos personajes me identifico como no me había identificado desde que vi, ya va para treinta años por lo menos, Northem Exposure. Estos de ahora son unos frikis que les gusta exactamente lo mismo que a mí: estar a solas entre ellos y en los ratos intermedios intentar satisfacer su curiosidad insaciable: el mundo, su estructura y sus pasiones por dentro. Lo del mundo alrededor parece serles ajeno. Como son muy cultos saben de sobra que si la logística funciona todo lo demás es accesorio.
El mundo por dentro es lo que importa. Cómo está constituido. Qué herramientas se necesitan y cuales de ellas poseo para llegar a lo más íntimo. En qué medida soy capaz de acercarme a la comprensión de su estructura. Francamente, me siento tan dolorosamente limitado que lo único que quiero es soledad para no poder decir más tonterías. Porque me parece que, de eso, ya agoté mi cupo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario