sábado, 12 de enero de 2019

30 libros

Hay por ahí una japonesa a la que se conoce como "la reina del orden" que dice que con treinta libros en casa vas que chutas y metes gol. Ni que decir tiene que me encanta la propuesta. Siempre se lo digo a quién opina que tengo la casa muy ordenada: es que con lo que tengo está tirado. Si sólo tienes tres o cuatro cosas da igual donde estén porque siempre darán sensación de orden. Es el espacio diáfano el que condiciona esa sensación.  

Pero, bueno, vayamos a lo de los libros. Me costó llegar a los cuarenta años para darme cuenta de la imbecilidad que era acumularlos. Viví hasta entonces seducido por el estúpido engaño de que la exhibición de una amplia biblioteca proporcionaba prestigio. Se debía suponer que con tantos libros, a poco que les hubieses leído, tendrías que ser muy sabio. Era la sancta simplicitas. Porque como un día pillé en Shopenhauer, si lees tanto, ¿de dónde sacas tiempo para pensar? Y luego, el mismísimo Alonso Quijano, que decía que dos en la vida y uno en los libros para ser sabio. O no ser tonto, que viene a ser lo mismo. 

Acumular cosas, en cualquier caso, me parece que representa un problema de tipo evolutivo. Recuerdo que al entrar en casa de mi madre automáticamente me deprimía. No había un centímetro cuadrado de pared que no tuviese una mierda colgada. Por no hablar de los millones de mesas supletorias llenas de cachivaches inútiles. Y luego las fotografías de la familia que te acechaban desde todos los rincones. Para mí era la casa de la bruja. Desde que entraba hasta que salía -siempre con alivio- no dejaba de recibir escobazos en mi autoestima. 

Una de las cosas que antes me rebotaban y ahora me inspiran ternura, como cuando ves al tonto del pueblo, es abrir un periódico o revista y toparte con la foto de un entrevistado en la que se le ve con un fondo abarrotado de libros y junto a una mesa que también lo está. De inmediato me imagino que el individuo en cuestión tiene que tener la cabeza como un bebedero de patos y, si acaso leo la entrevista, es más que nada para ver si se desmiente mi impresión... que casi nunca.

En fin, allá cada cual, pero si son ya mayores no dejen de pensar en el marrón que les dejan a sus hijos si no se apresuran a tirar toda la mierda que tienen en casa antes de que les pille la muerte. Porque lo del famoso valor sentimental no es más que filfa para desgraciados. Los hijos, en cualquier caso, pasan. Y si no lo hacen, es que también están enfermos. 

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