Leía ayer que está en marcha un proyecto para hacer un colisionador de partículas cuatro veces mayor que el mayor que hay en la actualidad, el del CERN. El intringulis de la cuestión por lo visto estriba en que es necesario lanzar las partículas a una velocidad mayor de lo que se hace en la actualidad para que cuando choquen se descompongan un poquito más y quizá así pueda aflorar algo que nos estamos perdiendo ahora. Pareciera que es el cuento de nunca acabar, pero es todo lo contrario, o sea, el de estar siempre empezando.
Las partículas elementales son la punta de lanza del conocimiento. A través de ellas la flor y nata de la inteligencia mundial quiere acercarse al desvelamiento del misterio total, ese que todas las religiones de todos los tiempos solucionaron inventándose una historia fantástica, es decir el origen de todo. O, ya puestos, que es lo que había antes del Big Bang, porque es de cajón que la nada no puede explotar. En fin, asunto éste del que en la actualidad saben exactamente lo mismo los físicos del CERN que los monos del zoo de Ginebra.
El caso es que el presupuesto para el nuevo colisionador es de 9000 millones de euros. Mucho dinero en definitiva. Sin embargo, curiosamente, el asunto queda prácticamente al margen de todo debate político. Supongo que pasó lo mismo cuando Bounaroti andaba construyendo la cúpula del Vaticano. Y es que sería de pésimo gusto y consecuencias nefastas ponerse a politiquear con las cosas que son a mayor gloria de Dios. Ahí, todos a una.
Y en esas estamos, en este proceso disruptivo, como dicen ahora, a causa de haber trasladado a Dios de la cúpula del Vaticano a los túneles del CERN. La ciencia ha sido entronizada como principio y fin de todas las cosas y el número de sacerdotes que le cantan alabanzas y promueven su veneración no dejan de aumentar. Millones y millones de ellos se apiñan en los nuevos templos compitiendo entre sí en buscarle los tres pies al gato de Schrodinger. Y no pasa día sin que a alguno no se le ocurra una genialidad de las que producen sensación de estar avanzando hacia ese no se sabe qué.
Resumiendo, el mundo se ha hecho pequeño y, por fin, ha unificado a sus dioses. Hadrones, leptones y bosones. A eso es a lo que tenemos que construir templos para mejor poderlo adorar.
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