Leo una noticia que no es que me parezca que tiene mucho de particular, pero que, sin embargo, me gustaría comentar por aquello tan humano de arrojar la propia luz sobre los asuntos que no por manidos parecen debidamente enfocados. Se trata de ese tipo que hace años mató a su mujer y ahora se ha cargado a la abogada que con su refinada habilidad profesional consiguió sacarle de la cárcel y con la que, por cierto, mantenía una relación sentimental. Ni que decir tiene que la chusma sociofeminista está exultante por la cantidad de razones que el desgraciado asunto ha aportado a sus tesis sobre la naturaleza violenta de los machos.
Lo de que el tipo es un psicópata sin más solución que el anulamiento social, ya sea por encarcelamiento definitivo, ya sea por castración química de todas sus pulsiones, es algo que no merece un comentario más. ¿Pero que me dicen ustedes, no ya de su mujer sino de la abogada en cuestión? Bueno, la primera, la pobre, una de tantas que nacen poco dotadas y en ambientes que no compensan las carencias naturales. El mundo está lleno de semejantes desafortunadas y por mucho que se haga costará reducir su incidencia. Pero la abogada, ¡madre mía, cuánta tela para cortar! Aunque, a decir verdad, la literatura, el cine, incluso las pretendidas ciencias, ya ha cortado y vuelto a cortar cantidades de esa tela como para parar un tren. La atracción irresistible del mal. En principio pareciera que por la cosa narcisista del yo soy capaz de neutralizarle, pero lo piensas un poco más y comprendes que hay demasiada gente que por lo que sea sólo puede vivir en el borde de los abismos. Y los buscan con desesperación y, cuando encuentran uno, no lo sueltan ni así les maten, nunca mejor dicho en el caso de la abogada.
En cualquier caso, todo especulación. Ayer les insinuaba que sobre el origen del universo saben exactamente lo mismo los científicos del CERN que sus vecinos los monos del zoo de Ginebra. Pues hoy les digo que sobre los mecanismos íntimos de la psique saben exactamente igual Freud y toda su escuela que los monos del zoo de Viena. Ya el trío sagrado, Esquilo Sófocles y Eurípides, cavó hasta lo más hondo y dejó los túneles abiertos para que la posteridad hurgase todo lo que quisiese a la búsqueda de pepitas y diamantes. Pero me da a mí que sólo se ha encontrado ganga, es decir, palabrería sin sustancia. Religión en definitiva. Porque a eso estamos abocados los humanos, a la religión, cuando no encontramos las reales razones de lo que nos perturba. Así tenemos mil versiones del Génesis a la medida de cada tribu que en el mundo han sido. Y por lo mismo tenemos miles de catecismos, acabados siempre en ismo, como feminismo, socialismo, gandulismo, para echar mano de ellos siempre que no comprendemos algo de lo que pasa. ¡Sancta simplicitas! Porque esa es la cuestión, que aunque seamos capaces de fisionar el núcleo de la materia no tenemos ni idea de dónde procede ésta. Y así con todo. Son nuestros límites y sólo nos queda aceptarlos y sentir compasión por ese trío de desgraciados a los que la madre naturaleza les quiso así para que hiciesen eso.
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