Vuelven las gabardinas y trincheras Abascal. Contra el frío, el viento y temporal. La canción publicitaria sonaba cada dos por tres en la radio y en la ciudad no se hablaba de otra cosa que del reloj que regalaban por la compra de una gabardina. Algo, desde luego, insólito, porque un reloj por aquel entonces era un signo de distinción donde les hubiese. El caso es que a mi hermano le compraron una de aquellas gabardinas y empezó a fardar de reloj. Pero no mucho: a los dos días ya le habíamos desmontado y vuelto a montar, aunque sobraron piezas y la precisión se fue al carajo. Bueno, la realidad es que a mí me pasaron, como era preceptivo, la gabardina vieja de mi hermano que, además de ser una mierda, estaba muy sobada.
Por lo demás, en una de las cabeceras de mi pueblo, la de Cotornedo concretamente, vivían unos seres extraños a los que se conocía por el sobrenombre de los Rangos. Les aclaro que cabecera es como se llama a las partes altas de las colinas que rodean el valle en el que está el grueso del pueblo. Pues bien, los Rangos, entre los que abundaba la idiocia, se apellidaban Abascal Abascal Abascal... y así hasta el infinito. No se sabía cuantas familias eran ni quienes eran hermanos o primos. De hecho pasaban bastante desapercibidos porque no frecuentaban el pueblo más que lo indispensable.
Yo diría que Abascal es un apellido de origen pasiego. Es decir del fondo de los valles santanderinos que en su día fueron deforestados para producir carbón vegetal para las siderurgias de Liérganes y La Cavada. Así fue como quedaron convertidos en praderas muy apropiadas para el negocio ganadero. De hecho, la población pasiega fue la primera experta del país en recría vacuna con fines lecheros. Por eso en toda España hay tantos Abascales y Samperios diseminados por doquier, porque dada su pericia con las vacas allí donde emigraban se hacían ricos produciendo y vendiendo leche. Todavía en los años sesenta, cuando era estudiante en Madrid, tenía localizadas unas cuantas vaquerías en pleno barrio de Salamanca. Pasabas por allí y olía igual que en mi pueblo, es decir, a mierda de vaca.
Y ahora, ya ven, aparece en mitad de la escena política este Abascal que, a juzgar por la demonización a la que viene siendo sometido por los medios tradicionales, se diría que va a arrasar con todo. Yo, desde luego, no he conocido pasiego que no se salga con la suya en aquello que se propone. Son austeros y tenaces como ellos sólos y, desde luego, también ingeniosos. De hecho había alguna teoría por ahí que les achacaba origen judío. Se habrían refugiado en esos valles recónditos cuando lo de la expulsión de 1942. Y cosa curiosa, si se fijan, a este Abascal de marras los viñetistas le suelen representar con los típicos rasgos del judío usurero. El caso es dar leña al mono...
Bueno, ya veremos, pero en esta polémica que ha desatado estos días a propósito de lo que viene llamándose violencia de género tiene todos los visos de llevárselo de calle. Porque es que se lo están poniendo a huevo. Semejante mamarrachada, y no te digo ya cuando la adjetivan de machista, tiene ya hasta la coronilla a toda la inteligencia del país. Recuerda mucho a aquello de democracia orgánica de cuando lo de Franco. O sea, adjetivar sustantivos inadjetivables con el fin de llevar el agua a tu huerto. Una trampa infantil en la que, más a la corta que a la larga, queda atrapado el propio trampero.
En fin, todo huele a renueve de la cartelera teatral. La verdad es que ya iba siendo hora.
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