martes, 22 de enero de 2019

Historias

Supongo que fue mucho antes de que Gilgamés bajase a los infiernos en busca de Enkidú. El ser humano desde sus más remotos orígenes tuvo necesidad relatar historias de una forma secuencial para poder reconocer a través de ellas su verdadero ser. Y es que a las personas no les puedes decir directamente lo que te parece que son porque se lo podrían tomar a mal, pero, sin embargo, si les cuentas una historia que venga a decir lo mismo con circunloquios, a lo mejor, al cabo de un rato, cuando tú ya no estás, caen en la cuenta y se lo tienen que tragar sin aspavientos que valgan. 

Sí, ha habido a lo largo de los milenios formas que parecen muy diferentes de contar historias, pero no se engañen, siempre es la misma. Se empieza relatando una situación que parece normal, después esa situación se complica y, para terminar, se le da una solución. Si es una comedia, todo termina en risas y, si es una tragedia, en llantos. El caso es que por el camino algo de lo que ves, lees o escuchas, te toque por debajo de la superficie y más a la larga que a la corta acabe por aflorar en forma de respingo, ¡coño, eso era! 

Claro, aquí entra en juego la competencia lectora, que le dicen. Cuanto más la desarrollas antes te apeas del burro. Porque llega el momento en que todo es repetición. Lo decía Pla, que el que sigue leyendo novelas a los cuarenta es porque no las entiende. Porque a los cuarenta lo normal es haber desarrollado una competencia que al decir de Alonso Quijano se debe componer del aprendizaje de dos en la vida y uno en los libros. La propia experiencia, ay, pura literatura que otros escriben por ti y para ti.

En cualquier caso, por harto que estés ya, siempre acabas dando con la nueva historia que te conmueve. Y entonces te pasa como a esos fanáticos de la Biblia que no necesitan otro libro porque todo lo que necesitan lo encuentran en él. El Pueblo del Libro, llaman a los judíos. A cada vuelta que le dan encuentran nuevos significados. Y así enriquecen su conocimiento de sí mismos, del mundo y, de rebote, sus bolsillos. Si, esa es la enseñanza que me da la vida, que no se adelanta nada picoteando en mil corrales. Más vale hacerlo en uno y explorar a conciencia su subsuelo. 

En fin, teorías aparte, el caso es que ya va para treinta años o así que me quedé enganchado en "Doctor en Alaska". Se trataba del paraíso de la libertad individual. Las condiciones extremas convertían a cada personaje en un titán. Era tan amplio el dominio de lucha que nada obligaba a nadie a vivir bajo el yugo de los convencionalismos.  Ahora, curado ya de todos los espantos, me regodeo con The Big Bang Theory, una serie que chifla a la juventud. Pues bien, so capa de frikismo, no creo que pueda haber un canto más elevado a los convencionalismos. Sus protagonistas no quieren parecerse a sus padres sino a sus abuelos. No hay tradición que no exalten ni valor que no respeten. Ni de izquierdas ni de derechas, simplemente de la Liga de la Justicia. O sea, religiosos. Por así decirlo, es la puntilla al sesentaiochismo. A mi querido mundo sin alambradas. A mis restos de ingenuidad. 

No sé como voy a salir de esta.  

3 comentarios:

  1. pues con los míos ,querido Pedro,pasa lo mismo.No quieren parecerse a nosostros,sino a los abuelos...Ya lo he aceptado.Además,quiémn quiere paracerse a nosotros?

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  2. mi teclado está jodido ,perdona por el lío de letras

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  3. Sí, quizá la nuestra fue la generación chisgaravís. Al menos así me veo yo cuando me comparo con mis hijas.

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