miércoles, 2 de enero de 2019

Cowboys

En estas inabarcables jornadas navideñas en las que los vecinos no dejan de dar el tostón hasta bien entrada la madrugada, si se vive sólo, hay que ingeniárselas para no sucumbir al lado oscuro de la soledad... las ganas de asesinar... empezando por uno mismo. Pero, en fin, pelillos a la mar, que dura poco y, además, pasan sin cesar películas del oeste por la tele. De las protagonizadas por John Wayne que son de las más auténticas. Tengo que confesar que me las sé casi todas de memoria, pero da igual, son tan ricas en significados que cuando las vuelves a ver te pasa como a los judíos cuando leen versículos de la biblia que siempre les abren nuevas perspectivas de la vida en consonancia con el estado de ánimo que al presente les señorea. Es la fertilidad de la tierra sagrada, que da tantas cosechas como veces cavas en ella. 

Pues el caso es que la otra tarde vi una en la que John Wayne hace de ganadero en apuros. Tiene que llevar su ganado para venderlo a una ciudad que está a cuatrocientas millas, pero no encuentra cowboys para la tarea porque se han ido todos a unas minas de oro que han aparecido en la región. Así es que, ante la desesperación, echa mano de la única tabla de salvación a la vista por muy dudosa que sea. Contrata a los niños de la escuela, de doce a diez y seis años. Y ahí se inicia un proceso de maduración de la especie que no tiene desperdicio. ¡Dios, ve eso un socialdemócrata y le estalla la cabeza en mil pedazos! 

El duro aprendizaje de la vida que incluye enfrentarse al mal en todo su esplendor. O le matas o te somete. No en vano no hay un sólo perro en toda la película. Porque es un ejemplo pésimo. La sumisión a lo que sea es como morir en vida. Al respecto hay un momento muy significativo en la película en el que Wayne le cura la tartamudez a uno de los niños por el expeditivo método de ridiculizarle por su defecto. Bueno, ni que decir tiene que semejante terapia sería hoy día motivo sin paliativos de destitución de por vida para el terapeuta. Con los preceptivos años de cárcel por supuesto. Pero el caso es que el niño se cura, y eso es lo que cuenta. Lo mismo que cuenta que cuando los niños ven morir al maestro a manos del mal tomen la determinación de vengarle y se pongan a matar sin piedad. La escena final, después de la escabechina, es el homenaje al maestro. Matar, desde luego, no parece que les haya deshumanizado sino todo lo contrario: les ha hecho libres que es el colmo de la humanidad. 

En resumidas cuentas, que muy oportuna la emisión de esa película en estos tiempos en los que como sostiene Houellebecq la medida de la auténtica calidad moral la da el sometimiento disfrazado de fidelidad de los perros.     

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