lunes, 28 de enero de 2019
Los ochomiles
Como les iba diciendo, solía decir mi padre, el que inventó la guitarra debía de ser tremendo. Desde luego que me hubiese sido de gran provecho comprender toda la sabiduría que se encierra en semejante chascarrillo. Porque la guitarra puede ser la metáfora de casi todo lo inteligente que hay en el mundo. Evidentemente, no fue cosa de un día para otro. Supongo que se empezaría utilizando cualquier objeto cóncavo para amplificar el sonido que hace una cuerda cuando vibra. Con eso sólo ya se puede hacer un montón de música. Pero a alguien, no sé cuanto tiempo después, se le debió ocurrir añadir otra cuerda y tensarla a la distancia de una cuarta de la otra para que fuese fácil formar acordes presionando las dos a la vez. Fue un salto gigantesco que alguien tuvo que dar. Y así, salto a salto hasta la guitarra de hoy, de seis cuerdas con distancias de cuartas entre ellas menos entre la tercera y segunda cuerda que es de tercera mayor. Y ahí la cosa no se ha parado porque continuamente surgen variaciones del modelo original que mejoran aspectos funcionales y facilitan la ejecución de determinadas piezas. El mundo, en definitiva, nunca se para.
Es indagar en la historia de cualquier cosa la mejor manera de comprenderla y de paso comprender la historia de la humanidad en su conjunto. Porque cualquier cosa es todo si sabemos desmenuzarla hasta sus partículas más elementales. Como dicen los físicos teóricos, todo es polvo de estrellas. En fin, palabrería para llegar a donde quería que no es otra cosa que el empeño en el que ando estos días que viene a ser, dicho en términos alpinistas, como la conquista de un ocho mil. La cosa consiste en que pretendo quitarme de una vez por todas la sensación de inconsistencia que me produce el utilizar el número e para mil operaciones sin tener una idea clara de qué es exactamente ese número, de dónde ha salido y porqué tiene esas propiedades digamos que tan taumatúrgicas.
El caso es que vengo intentando escalar ese ocho mil por mil vías diferentes y por todas he tenido que dar marcha atrás para volver al campamento base. Pero hace unos día inicie otra en la que tengo puestas unas creo que bien fundadas esperanzas. Se trata de una tesis doctoral que aborda el problema en términos históricos. O sea, desde el nacimiento del bebé. Ya Arquímedes había sabido relacionar las progresiones aritméticas y geométricas, es decir, sumas y potencias. Y Nieper muchos siglos después echo mano de esa relación para descubrir los logaritmos... en fin, no les voy a contar una historia que tengo prendida con alfileres, sólo decirles que el avanzar por esa vía me está suponiendo unos quebraderos de cabeza que ni les cuento, pero, por contra, tengo la sensación de que voy por el buen camino. Las lucubraciones que hicieron los padres de la criatura para dar con ella son las que mejor nos pueden ayudar a comprenderla. Y mira que parecen abstrusas a primera vista y no digo ya la voluntad que hay que echarle para no emprender la retirada. Pero así es todo en la vida, a veces sólo hay que dejarse llevar y otras a duras penas se avanza por mucho que eches el bofe. Luego ya, otra cuestión es la satisfacción que en cada caso recibes como recompensa.
En resumidas cuentas, cualquier cosa tiene una historia e investigarla es el mejor camino para comprenderla. Y cuando más difícil es esa investigación más interés cobra la pieza y, por tal, más poder tiene de sacarte del tedio devastador.
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